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EXPLORAR – INSPIRAR – SANAR

Con el pensamiento correcto

© Photostogo.com. Ilustración digital: Viviane Stonoga/Duetto Comunicação. Modelo utilizado con fines ilustrativos solamente.

Cuando una mañana comencé a notar una pequeña molestia en la planta del pié no le di importancia. Pero con el paso de los días la afección fue aumentando al punto que no podía caminar bien. El domingo en la iglesia una amiga notó la singular forma de mi andar y me preguntó si todo estaba bien. Le comenté que no sabía qué era. Yo tenía poco tiempo de estar estudiando la Ciencia Cristiana por lo que no me atrevía a formar un juicio sobre lo que pasaba y me sentía tímido para pedir ayuda. Mi amiga respondió que es la nada pretendiendo ser algo, que no me preocupara, que no había nada erróneo en mi. Eso fue todo. Esa noche decidí no hacerle caso a la molestia, ni mirarla, y me dormí tranquilamente. Un par de días después, al levantarme recordé que había tenido algo en un pié, pero no pude determinar en cuál, pues no había nada irregular en ninguno de ellos.

En esta experiencia hubo dos aspectos importantes. El primero fue que cuando hablé con mi amiga yo guardaba en el pensamiento la creencia de que tenía una degeneración en la piel. Había estado observando el padecimiento y seguido lo que erróneamente se consideraba el desarrollo normal de una enfermedad. Es decir, había permitido que entrara en mi pensamiento la creencia comúnmente aceptada por la medicina tradicional de que los padecimientos pasan de ligeros a severos si no se los atiende.

Esta forma de pensar es una especie de hipnosis que pretende atraernos y convencernos de que hay un poder aparte de Dios. Niega la constante presencia de la Verdad divina y el hecho de que el hombre, como idea de Dios, tiene un estado de perfección invariable.

El segundo aspecto fue que el breve comentario de mi amiga transformó mi pensamiento. La creencia de que un hombre pueda enfermar fue confrontada con la certeza de que el hombre es armonioso, porque está hecho a imagen y semejanza de Dios. En ese momento, mientras mi pensar era presa de una creencia falsa, el de mi amiga afirmaba el pensamiento correcto. Eso produjo un cambio en mi manera de ver la situación y efectuó la curación.

Es interesante notar que para que se produjera la curación no fue necesario llevar a cabo rito alguno en un lugar especial. Tampoco me impusieron las manos ni me dieron algún objeto de poder. Sucedió simplemente en la calle, durante una plática casual.

Pienso que en esta experiencia la mente de Cristo, la idea sanadora específica para cada situación, estaba presente en el pensamiento de mi amiga, esa percepción del Cristo que ve sólo perfección, que cambia y reforma los conceptos errados. Con los años fui aprendiendo que el insistir en el bien es una oración constante, cuando tiene su fundamento en Dios, que es Espíritu. No es un mero creer en que se efectuará la curación, sino es tener la certeza de que la curación es una realidad de la presencia de Dios, que está siempre con nosotros.

En la oración en la Ciencia Cristiana la enfermedad o mal se ve como irreal, pues no ha sido creada por Dios, el Creador de todo lo que existe. Tener la mente de Cristo, es reconocer que somos ya una idea de Dios, que somos Su reflejo espiritual, y que tenemos la capacidad de percibir la eterna presencia de la Mente divina.

En esto se basa la curación cristiana. No hay misterio en ello. Sólo se requiere ser persistentes y estar siempre alertas para corregir los conceptos erróneos y reemplazarlos por la verdad que sabemos acerca de nuestra identidad espiritual.

La Sra. Eddy escribe: “Al mantener en mi mente la idea correcta acerca del hombre, puedo mejorar mi propia individualidad, salud y condición moral, y también la de otros; mientras que el mantener constantemente en la mente la imagen opuesta del hombre, es decir, la de un pecador, no puede mejorar la salud ni la condición moral, así como no podría ayudarle a un artista mantener en su pensamiento la forma de una boa al pintar un paisaje”.1

Saber que soy hijo de Dios me había hecho sentir bien, lo sabía, y a menudo lo comentaba. Pero a través de aquella sencilla conversación llegué a comprender lo que eso significa, que si mi origen es divino no puedo estar deformado, incompleto o enfermo. Pude ver que puesto que el bien y la armonía están siempre presentes mi ser no puede sufrir alteración alguna. Todo lo que pretenda manifestarse como desarmonía o padecimientos, es nada, porque no pertenece a la creación de Dios y, por lo tanto, no existe. Sólo existe lo que la Mente divina crea, y es perfecto en toda presencia y acción. En Su reino no hay mal alguno, por lo tanto, todo error es un sueño, una ilusión de los sentidos físicos. Por ende, toda enfermedad es simplemente una creencia, por más severa que parezca, y la eliminamos con el conocimiento correcto, es decir, mediante la comprensión espiritual de que Dios es Todo.

Al referirse a la calidad de los pensamientos Mary Baker Eddy escribió lo siguiente: “La Ciencia Cristiana clasifica el pensamiento como sigue: Los pensamientos correctos son realidad y poder; los pensamientos incorrectos son irrealidad y carecen de poder, y tienen naturaleza de sueños. Los pensamientos buenos son poderosos; los pensamientos malos son impotentes, y así es como debieran aparecer”.2

Al mantener un pensamiento correcto no dejamos penetrar las sugestiones mentales que pretendan dar realidad a lo malo o nocivo, a todo aquello que pretende tener poder aparte de Dios. El bien es el único poder, por lo tanto, el estar sanos es parte natural de nuestra existencia. Somos como fortalezas donde la sola presencia de un pensamiento bueno destruye las sugestiones del mal, no solo en nosotros mismos sino también en la sociedad.

1 Escritos Misceláneos, pág. 62. 2 ibíd., pág. 252.

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