Desde joven he sido un apasionado de las motocicletas en todos sus estilos, y uno de mis hobbies es lo que se llama el “Enduro”, que consiste en manejar motocicletas tipo cross a campo traviesa a través de montes y ríos por caminos de bastante dificultad. Se considera un deporte de alto riesgo, y hay que llevar vestimenta especial para protegerse de los golpes. No obstante, encuentro que este deporte tiene atributos con los cuales puedo reflejar a Dios, como son sensación de libertad, control, armonía de manejo y otros.
Cada vez que salgo a andar en mi moto y me he enfrentado a algún problema he recurrido a la oración para ver más de la protección que nos brinda nuestro Padre-Madre. En mi última salida pude hacer esto una vez más. Yendo por un camino, no alcancé a ver un tronco de unos 7 cm de diámetro que estaba atravesado y al pasar por encima saltó y me golpeó con fuerza en la cara, a través del único espacio libre que tiene el casco. De inmediato, me dirigí a Dios por ayuda, como lo enseña el libro Ciencia y Salud, y pude ver como, casi de inmediato, la inflamación en la boca y el sangrado que tenía pasaron. Esto me permitió terminar el paseo sin más contratiempos, sólo sintiendo que la sensación del gusto la tenía levemente afectada.
Yo sentía que la curación ya se había logrado, sin embargo, un par de días después se me produjo una parálisis facial en el lado derecho de la cara. Esto me alarmó bastante, y al verme mi hermana, que es médica, comentó sobre la gravedad del problema. Luego me enteré de que en casos como éste se necesitan terapias y que aunque el proceso de curación puede llevar más de 6 meses, muchas veces no se recupera totalmente el movimiento.
Como estas cosas que había escuchado me tenían atemorizado, seguí orando para ver que mi identidad espiritual como hijo de Dios no podía estar sujeta a accidentes pues en el reino de Dios, cuyas leyes están operando aquí y ahora, no hay lugar a accidentes.
Cuando enfrento algún problema comienzo a orar, pero si luego de un par de días no logro resolverlo con mi oración, recurro a un practicista de la Ciencia Cristiana para que me ayude, y así lo hice. En mi charla con él, le dije que estaba orando para ver la inexistencia de los accidentes en relación con los nervios y músculos. Inmediatamente me explicó que si centraba mi atención en los músculos y nervios inmovilizados como efecto del accidente, estaba dándole peso a una causa falsa, fuera de Dios. Entonces me sugirió algunas lecturas, entre otras, este párrafo de Ciencia y Salud: “Los accidentes son desconocidos para Dios, o Mente inmortal, y tenemos que abandonar la base mortal de la creencia y unirnos a la Mente única, a fin de cambiar la noción de la casualidad por el concepto correcto de la infalible dirección de Dios y así sacar a luz la armonía” (pág. 424).
Al leer esto me di cuenta de que, como me había dicho el practicista, cada palabra tiene un significado importantísimo que abre nuestro entendimiento. Por ejemplo, el concepto de CAUSALIDAD y el de CASUALIDAD. Percibí que estaba albergando en mi pensamiento un concepto de casualidad con respecto a mis finanzas. Días antes, al ver mis saldos bancarios, me impactó ver que las cifras no me favorecían para nada. Recuerdo que me quedé medio paralizado debido a varias obligaciones que tenía que cumplir. Me di cuenta que ese pensamiento era exactamente el que estaba expresando en mi parálisis facial.
Al leer ese pasaje de pronto comprendí que esos números bancarios, así como cada circunstancia de mi vida, estaban bajo el control de Dios, en armonía con mis obligaciones; que la casualidad no gobierna mis finanzas ni ningún otro aspecto de mi existencia. Todo lo contrario. A mí me gobierna la ley divina de la causalidad, la única ley existente.
Me dediqué a ahondar en los conceptos de la ley divina y, como resultado y gracias al apoyo del practicista, en menos de una semana había recuperado por completo el movimiento de los músculos de la cara. Además, mi problema económico se solucionó cuando recibí un dinero extra y con el cual no pensaba contar tan rápidamente. Así fue como también entendí que no debía dejarme dominar por el temor, pues la infalible dirección de Dios guía nuestros pasos demostrándonos que ningún problema tiene poder sobre nuestra vida a menos que nosotros le demos ese poder.
De esta curación han sido testigos mi madre, esposa e hija, que en ningún momento dudaron del efecto sanador que tiene la Ciencia Cristiana. Mi hermana y mi cuñado que son médicos, se quedaron asombrados con el poder de esta maravillosa Ciencia. Así mismo, mis compañeros de trabajo también fueron testigos de esta experiencia, pues fue muy evidente.
Agradezco a Dios por esta maravillosa curación.
Orlando Bindi
Bogotá, Colombia