Por Ann Edwards
La Lección Bíblica de la Ciencia Cristiana de esta semana, titulada “Dios, preservador del hombre”, muestra cómo Dios nos sostiene y preserva cuando buscamos obedecerle.
La Lectura Alternativa confirma que vivir una vida centrada en Dios conduce a la salvación. En las palabras del Salmista: “Mi fortaleza y mi cántico es Jah, y él me ha sido por salvación”. Y el Salmista expande esa conexión para incluir a la vida misma, declarando: “No moriré, sino que viviré, y contaré las obras de Jah” (Salmos 118:14, 17).
El profeta Elías pudo haber dicho aquellas palabras para él mismo. Como leemos en la Sección II, a raíz de su celo por Dios, Elías había matado 450 profetas de Baal en el Monte Carmel. Temiendo por su vida, había huido 200 kilómetros a pie hasta Beerseba. De allí se dirigió al desierto sin nada de comida ni agua, algo que nadie hubiera hecho en esa parte del mundo excepto que quisiera morir. Desesperado oró para morirse, exclamando: “no soy yo mejor que mis padres” (1 Reyes 19:4, cita 5).
Pero Dios le envió un ángel con comida y agua. El ángel instó dos veces a Elías para que comiese y bebiese, y finalmente Elías obedeció. Entonces caminó por el desierto durante 40 días hasta el Monte Horeb, donde escuchó el “silbo apacible y delicado” de Dios (versículo 12).
Una mirada al mapa bíblico del viaje de Elías de 300 kilómetros desde el Monte Carmel hasta el Monte Horeb (Sinaí) a pie (no se menciona ni caballo ni camello), muestra cómo la naturaleza providencial del sustento de Dios se manifestó en segura ayuda. La experiencia de Elías ilustra vívidamente la verdad de la declaración del Salmista: “Jehová redime el alma de sus siervos, y no serán condenados cuantos en él confían” (Salmos 34:22, cita 6). No solo es preservada la vida física de Elías, sino que también él experimenta un período de gran crecimiento espiritual. En relatos posteriores no hay indicios de que haya caído nuevamente en este tipo de depresión.
En la Sección IV leemos que Simón Pedro, después de una noche sin resultados en la pesca, es mandado por Jesús para que arroje sus redes en aguas más profundas. De alguna manera rezongando, sin esperar un buen resultado, Pedro obedece. Cuando recogen sus redes fuera del agua, estas se rompen por causa de la abundancia de pescados. Como Elías, cuya humildad aumenta por la experiencia que tuvo en el desierto, Pedro reconoce su pecado en cuestionar la autoridad divina detrás del mandato de Jesús. Cayendo de rodillas ante Jesús, Pedro exclama: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:4, 8, cita 11).
Mary Baker Eddy describió el poder del Espíritu Santo de Dios como nuestro sostén en nuestro despertar espiritual hacia nuestro verdadero propósito. Ella escribió: “El Espíritu, Dios, reúne pensamientos informes en sus cauces adecuados y desarrolla esos pensamientos, tal como abre los pétalos de un propósito sagrado, con el fin de que ese propósito aparezca” (Ciencia y Salud, pág. 506, cita 18).
Tales pasajes dejan en claro que el poder preservador y redentor de Dios, como se revela en la Biblia, no solo obra para los individuos que buscan hacer la voluntad de Dios, sino también para la comunidad colectiva que busca adorarle a Él. Isaías declara: “Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra, todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado” (Isaías 43:6,7, cita 1). Isaías está profetizando a una Israel desmoralizada por la invasión extranjera y dispersada en el exilio de Babilonia. Esta profecía es relevante hoy en día para la iglesia Cristiana.
Los relatos bíblicos en las Secciones III y VI de esta Lección describen cómo la providencia de Dios libera a Jesús, y más tarde a sus apóstoles, de las fuerzas malignas. En el capítulo cuarto de Lucas, leemos cómo Jesús escapa ileso de una turba enojada que buscaba arrojarle a un precipicio (ver cita 8). Y en el libro de Hechos, leemos acerca del ángel de Dios que abre las puertas de la prisión y libera a los apóstoles con el mandato de que continúen predicando. Inmediatamente “entraron de mañana en el templo, y enseñaban” (ver Hechos 5:17–21, cita 17).
Ciencia y Salud se refiere a estos ángeles como “intuiciones espirituales que nos dicen que ‘la noche está avanzada, y se acerca el día’” y como “nuestros guardianes en las tinieblas” (pág. 174, cita 6). En otra parte afirma que “Paso a paso hallarán los que en Él confían que ‘Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones’ ” (pág. 444, cita 11).
Esta Lección no nos deja duda de que Dios preserva nuestra vida, seguridad, prosperidad, salud, libertad y gozo.
Ann Edwards tiene un master en estudios teológicos en el Emmanuel College, de la Universidad de Toronto, Canadá.
Esta traducción del Christian Science Sentinel del 7 de junio de 2010 es la labor de un traductor voluntario.