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¿Qué hay en un nombre?

Mucha gente hoy citaría las palabras de Julieta en la obra de Shakespeare, Romeo y Julieta: “¿Qué hay en un nombre?”, para restarle importancia a los nombres. Los antiguos, sin embargo, tomaban los nombres en serio, creyendo que el nombre de un hombre describía su esencia misma.

La Lección Bíblica de esta semana, titulada “Dios”, no deja dudas de que especialmente los hijos de Israel tomaban el nombre de Dios muy seriamente. Consideraban que tomar el nombre de Dios en vano era una violación del Cuarto Mandamiento no menos seria que el mandamiento que prohíbe matar y adulterar. Cristo Jesús también santificó el nombre de Dios (Ver Mateo 6:9, cita 16). Es bueno tener presente hoy esta reverencia. Resolvernos a pronunciar Su nombre, verbalmente o en silencio, con una comprensión espiritual de quién es Él, puede ser la resolución más poderosa que podríamos hacer para este Año Nuevo.

Cuando Dios reveló Su nombre a Moisés como "YO SOY EL QUE SOY" (Ex. 3:14, cita 8), Él declaró que era el mismo Dios que se había mostrado anteriormente a Abraham como “el Dios Todopoderoso” (Gen. 17:1, cita 2), a Isaac y a Jacob, durante su lucha en Peniel (Ver Gen.32:24-29, cita 7). Dios le prometió a Moisés: “En todo lugar donde yo haga recordar mi nombre, vendré a ti y te bendeciré” (Ex. 20:24, Texto Áureo, Biblia de las Américas). Pero no era solo Su nombre que Él quería que fuera recordado. Era Su naturaleza espiritual como el único y verdadero Dios que responde y bendice a sus hijos cuando se vuelven a Él.

Esos momentos en que Dios se reveló a Abraham, Jacob y Moisés cambió el curso de la historia para las generaciones futuras. Mary Baker Eddy vio las “gloriosas vislumbres” que esos patriarcas percibieron como bautismo “...con la naturaleza divina, la esencia del Amor” (Ciencia y Salud, pág.333, cita 12). Estos atisbos de bautismo no solo revelaron la verdadera naturaleza de Dios, sino que también revelaron la naturaleza espiritual de estos hombres. El nombre de Abram se convirtió en Abraham y el de Jacob se convirtió en Israel. El ángel de Dios le dijo a Jacob que “como príncipe has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido” (Gen. 32:28, cita 7).

Ciencia y Salud enseña que solo lo que Dios sabe de nosotros como Su reflexión espiritual, constituye nuestra verdadera identidad, o nuestro verdadero nombre, por así decirlo: “El hombre es tributario de Dios, el Espíritu, y de nada más. El ser de Dios es infinitud, libertad, armonía y felicidad sin límites” (Ciencia y Salud, pág. 481, cita 14). Las bendiciones que vienen del entendimiento de nuestra unidad espiritual con Dios son, como Él, infinitas. En Isaías, Dios declara: “Derramaré mi Espíritu sobre tu linaje, y mi bendición sobre tu descendencia” (44:3, cita 10).

La historia de Jabes en la Sección 4 lo confirma. Su nombre literalmente significa “que causa dolor”, porque su nacimiento había sido difícil para su madre. Jabes, que era más ilustre que sus hermanos, oró a Dios por la bendición, la prosperidad y la protección contra la maldición de su nombre. A pesar de que su nombre no fue cambiado, el relato nos dice que “le otorgó Dios lo que pidió” (1 Crónicas 4:10, cita 11). Aunque su madre puede que le haya dado un mal nombre debido a la ignorancia de la verdadera naturaleza espiritual de su hijo como creación de Dios, Jabes comprendió que podía recurrir a una autoridad superior en Dios para encontrar la libertad de tal clasificación. El poder de Dios disolvió la maldición y restauró la bendición.

Justo antes de su crucifixión, Jesús declaró con humildad a Dios: “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste” (Juan 17:6, cita 18). ¿Cómo es tal manifestación del nombre de Dios? Isaías la describe en términos de una vida dedicada a abrir “los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas” (Isa.42:7, cita 12).

Entonces, ¿qué hay en un nombre? Un mundo infinito de significado y bendiciones cuando ese nombre es Dios.

Ann Edwards tiene una maestría en estudios teológicos del Emmanuel College de la Universidad de Toronto.

Esta traducción del Christian Science Sentinel del 26 de diciembre de 2011 es la dedicada y desinteresada labor del cuerpo de traductores y revisores voluntarios de El Heraldo de la Ciencia Cristiana.

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