Lyle Young
Bogotá, Colombia, tiene muchos teatros, galerías de arte, bibliotecas y librerías. También se destaca en el transporte urbano por el tren de superficie, el Transmilenio, que corre por el centro de las principales calles, y con unos 300 kilómetros (unas 200 millas) de caminos para bicicletas. Los colombianos reconocen que la educación y las artes son clave para tener una población pensante e informada, que rechaza categóricamente las aberraciones del tráfico de drogas y la violencia.
Salí de los dos seminarios —uno de ellos con quienes trabajan como practicistas y enfermeros de la Ciencia Cristiana, y el otro con aquellos que simplemente están pensando en la práctica y en la enfermería por primera vez— con un sentido claro de lo profunda que es la compasión de los participantes. La gente, preocupada por el terremoto en Chile, quería saber cómo se puede sentir compasión y al mismo tiempo superar el sufrimiento comprendiendo que, puesto que Dios no creó el terremoto, nunca tenemos que aceptarlo como algo inevitable. Ellos querían saber cómo sentir los efectos de dicho conocimiento.
En el relato de la Biblia cuando Jesús resucita a Lázaro (véase Juan, capítulo 11:35), encontramos el versículo más corto de la Biblia: “Jesús lloró”. Sí, Jesús se conmovió notablemente por el sentido de pérdida que expresaban María y Marta por su hermano. Pero él no se detuvo allí. Él fue a la tumba y resucitó a Lázaro diciendo a todos: “Desatadle, y dejarle ir”.
Considero que existe un paralelo entre la compasión de Jesús y su acción de resucitar luego a Lázaro, con el capítulo “La práctica de la Ciencia Cristiana” en el libro Ciencia y Salud de Mary Baker Eddy. Al principio del capítulo, ella ilustra la compasión divina con la manera en que Jesús trata a la mujer que le lava los pies con lágrimas. Luego en la página 426, cerca del final del capítulo, ella escribe: “A la descubridora de la Ciencia Cristiana se le hace menos difícil el camino cuando tiene siempre presente ante sus pensamientos la meta elevada, que cuando cuenta los pasos al esforzarse por alcanzarla”. Después ella habla en las próximas cuatro páginas acerca de cómo triunfar sobre la muerte con la Vida infinita y omnipresente. El hecho de que haya puesto este pasaje sobre “sanar” la muerte en un lugar tan culminante del capítulo, me dice que debemos esperar que la compasión divina resucite a los muertos, y tener esa expectativa como parte integral de nuestra práctica de la Ciencia Cristiana. Esta aspiración puede servir de soga para levantarnos por encima de la, en ocasiones, difícil montaña del diario vivir.
Hablando de montañas, mi próximo blog también vendrá de los Andes: de Arequipa, Perú.
Por Lyle Young