Lyle Young
Cuando estudié en Argentina con una beca universitaria en 1983, visité gran parte de ese país. Desde las ciudades de Salta y Jujuy en el Altiplano andino, y la selva subtropical de Misiones, donde las panorámicas Cataratas del Iguazú se extienden entre Argentina y Brasil (se dice que cuando Eleanor Roosevelt vio Iguazú dijo: “Pobre Niágara”), hasta el sitio alpino de San Carlos de Bariloche, cerca de la punta sur del continente, y el sorprendente y amplio boulevard de la 9 de Julio en Buenos Aires, ciudad que es un gigante cultural y chisporrotea de pizzerías como un pedazo de carne sobre una parrilla argentina.
El Movimiento de la Ciencia Cristiana en Argentina está bien establecido y es innovador. Una Sociedad de la Ciencia Cristiana fuera de la capital se ha implantado y está sirviendo a la comunidad que la rodea de manera ejemplar. Una filial en el sur tiene una Sala de Lectura que es como una cocina familiar donde la gente se detiene para sentir el amor de Dios y escuchar una palabra de aliento.
Hablando del amor de Dios, el Movimiento en la Argentina está viendo cada vez más claramente que la enfermería de la Ciencia Cristiana no es algo para que practiquen sólo personas en otro continente, sino que por ser el corazón compasivo y sanador del Movimiento de la Ciencia Cristiana, cada Científico Cristiano debe practicarla. En este sentido, durante estos seminarios sobre la práctica pública y la enfermería de la Ciencia Cristiana, mi colega, Alessandra y yo con frecuencia leemos lo siguiente de Ciencia y Salud: “Una persona que sea malhumorada, quejumbrosa o falsa no debiera ser enfermera. La enfermera ha de ser alegre, ordenada, puntual, paciente, llena de fe —sensible a la Verdad y al Amor” (pág. 395). En la página opuesta está el título marginal “Ayudas en la enfermedad”.
Es muy significativo que este pasaje se encuentre en medio del capítulo “La práctica de la Ciencia Cristiana”. Para mí esto implica que la enfermería de la Ciencia Cristiana no es un “agregado” opcional a la práctica de la Ciencia Cristiana, sino algo integral a la práctica individual de esta Ciencia del Amor. A medida que cada uno de nosotros cultiva estas cualidades de pensamiento, fortalecemos nuestra práctica y bendecimos a los demás. Por supuesto, nosotros podemos atender a quienes reciben tratamiento en la Ciencia Cristiana, pero también podemos atender a la iglesia, al sistema escolar e incluso a la economía. (En el Manual de la Iglesia, página 49, hay más detalles sobre la enfermería de la Ciencia Cristiana.)
Mi siguiente blog será desde Concepción, Chile, una ciudad fuertemente afectada por el terremoto del 27 de febrero.
Por el momento, ¡feliz enfermería de la Ciencia Cristiana para todos!