Thomas Curry
Me interesé en la Ciencia Cristiana y tomé clase Primaria porque tenía un apetito incontrolable por entender qué es lo que sana. En ese entonces, no estaba buscando sanarme a mí mismo o a un ser querido. No era miembro de ninguna iglesia de la Ciencia Cristiana y tampoco tenía familiares o amigos que lo fueran. De hecho, estaba estudiando para obtener mi doctorado y ser psicoterapeuta.
Cuando en mis estudios de postgrado comencé a estudiar las maravillas de la mente humana y sus efectos en la salud mental y física, aprendí que la mente humana puede hacer los llamados “milagros”, desafiar teorías médicas y la ciencia física. Fue entonces que decidí centrar mi investigación en descubrir cómo sana la mente. No obstante, para hacerlo, tendría que apartarme de las formas tan comunes de pensamiento. La ciencia neurológica ortodoxa y los modelos médicos modernos estaban determinados en extremo por el físico.
Por lo tanto, dirigí mi pensamiento hacia el misticismo occidental y oriental, el budismo tibetano y el tantra hindú. Aprendí y fui testigo de hechos notables en cuanto al poder de la mente. Pero también sabía que mi búsqueda no había acabado. De acuerdo con las filosofías mencionadas, la mente humana puede ser entrenada para hacer lo increíble, pero estos enfoques eran demasiado limitados como para aplicarlos, en la práctica, a la salud. Con el tiempo, mi apetito intelectual me llevó a una autora que afirmaba poder sanar toda enfermedad, física o mental, mediante el poder de la Mente, o Dios. Esto atrajo totalmente mi atención, y así fue como conocí a Mary Baker Eddy.
Compré Ciencia y Salud por Internet, en e-bay, y después obtuve un ejemplar de sus otros escritos. De inmediato, me impresionó mucho el estilo con que escribía la Sra. Eddy, especialmente por su lógica. Desde un punto de vista académico, estaba sumamente asombrado por los argumentos filosóficos que ella postulaba. Recuerdo que pensé: “Esta es una mujer de mediados del siglo XIX, sin educación superior formal, que puede escribir sobre medicina, psicología, lenguas clásicas y, además, es una erudita en la Biblia”. Aún más, esta señora usaba crítica histórica y hermenéutica al destacar los textos bíblicos.
Sus escritos presentaron a mi entendimiento consciente, más claramente que ninguna otra vía filosófica por la que hubiera transitado, que no es la mente humana, sino la Mente divina la que sana. Aprendí que podía confiar en que el Amor divino guía, protege y gobierna cada aspecto de toda vida. Comencé a entender que yo no era un mortal de carne y hueso, sino un reflejo de Dios por ser su Hijo. La Sra. Eddy me enseñó a confiar en esta realidad espiritual y en las leyes divinas sobre las que la misma descansa.
Para aprender todo lo que podía sobre esta Ciencia, hice una cita con un maestro de Ciencia Cristiana, le conté mi historia y le pregunté sobre las clases que él daba. El maestro contestó mis preguntas, mostró genuina amabilidad, y me invitó a participar en la comunidad de la Ciencia Cristiana de la localidad. Y eso hice, al menos un poco. Allí aprendí más sobre la aplicación práctica de la Ciencia Cristiana. Por ejemplo, aprendí de otros cómo ellos oraban y aplicaban las reglas de la Ciencia Cristiana para sanar la enfermedad y la desarmonía en su vida, y en la vida de sus seres queridos.
Pasó el tiempo, y puse a prueba esta ciencia de la “Mente”. Tenía de mascota un pato mandarín que estaba sufriendo de una grave infección, y el veterinario había dicho que no iba a vivir. Con la oración, el pato sanó en menos de una semana, y volvió a su pequeña piscina afuera. Después, me encontré con que el examen de tuberculosis semestral que me hacía dio positivo. La noche antes de reportarme para la lectura del mismo, me comuniqué con un practicista de la Ciencia Cristiana para pedirle que orara por mí. Por la mañana, la evidencia de la enfermedad se había revertido completamente.
Siete meses después tomé clase Primaria de Ciencia Cristiana. Desde entonces, he sido testigo del extraordinario poder de la Ciencia Cristiana para sanar enfermedades físicas y mentales a través de mi propia aplicación de sus leyes. Aún trabajo en el campo médico, pero la medicina que traigo a la mesa de trabajo es la Mente. Como psicoterapeuta, mi primera herramienta terapéutica es oral, y siempre incorporo lo que he aprendido en la Ciencia Cristiana cuando trato de ayudar a la gente a resolver sus problemas. Hago esto manteniéndome de “portero a la puerta del pensamiento”, 1 y mentalmente me niego a aceptar toda aflicción, ansiedad, temor, o enfermedad, no importa lo que mis sentidos o educación clínica me digan. Y encuentro que mis pacientes responden. Comparto las verdades de la Ciencia Cristiana, cuando siento que es apropiado, y no recibo nada más que buenos comentarios cuando lo hago.
Hoy soy miembro de La Iglesia Madre, y participo todas las semanas de mi iglesia filial local de la Ciencia Cristiana. Hace menos de un año que tomé la clase Primaria, pero estoy absolutamente convencido de que lo que yo había comenzado a buscar es lo que he sido bendecido de encontrar en la Ciencia Cristiana.
Tom Curry es director de programación clínica y operaciones en un centro infantil, y ofrece asesoría individual y grupal en un hospital de salud mental.
1 Véase Ciencia y Salud, pág. 392.