Por Janet Hegarty
Mi Abuela y yo éramos muy apegadas y teníamos muchos intereses en común. Ella era muy alegre, y yo siempre me sentía amada cuando estábamos juntas. Cuando mi abuela falleció, yo estaba muy triste al pensar que esos buenos tiempos que había pasado se habían terminado.
Una cosa me dio trajo de consuelo: una conjunto de violetas africanas que habíamos cultivado juntamente. El tenerlas me hacía sentir un poco como que todavía la tenía a ella.
En esa época, yo estaba comenzando a descubrir que había mas acerca de la vida que lo que aparece en la superficie de las cosas. Estaba leyendo un libro por Mary Baker Eddy, la fundadora del Monitor. Su libro “Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras” explica que la existencia es espiritual. El razonamiento en este libro atrajo mi atención, especialmente esta explicación de lo que es la identidad: “El Espíritu es Dios, y el hombre es Su imagen y semejanza. Por lo tanto el hombre no es material; él es espiritual” (pág. 468).
¿Podría ser que la verdadera identidad de una persona se extiende más allá de sus características físicas? Si es cada uno de nosotros está hecho a la semejanza del Espíritu ilimitado, Dios, entonces éste debe de ser el caso. Esto me pareció lógico en lo que se refiere a la amistad. Cuando yo me encuentro con un amigo, percibo muchos aspectos de la persona que trasciende el cuerpo, cualidades tales como el buen humor, el valor, y la bondad. Y cuando me encuentro a solas y me acuerdo de ese amigo, lo puedo reconocer a él o ella por esas cualidades. Incluso puedo sentir el calor de la aprobación de ese amigo de la misma manera que lo siento cuando estamos juntos. Pero no había hecho extensivo este razonamiento a los que ya no se encuentran con nosotros.
Poco después del fallecimiento de mi abuela, mi marido y yo nos trasladamos a otro lugar. Cuidadosamente coloqué las violetas en la parte de atrás del compartimento del automóvil para hacer el viaje. Pero cuando llegamos al nuevo apartamento, nos tomó más tiempo que lo que esperábamos para bajarlas. En el ínterin, el calor del sol a través de la ventana del vehículo dañó mucho a las violetas. Cuando las vi me llené de pesar. Me pareció que ahora mi abuela se había ido para siempre.
Mi suegro nos estaba ayudando con el traslado, y estaba sorprendido por mi incontrolable pesar. El vio que necesitaba ayuda, así que encontró un lugar callado en donde él podía orar mientras mi esposo permanecía conmigo. Yo sabía que mi suegro regularmente leía Ciencia y Salud y utilizaba las ideas que se encontraban en el libro, juntamente con las de la Biblia, para ayudar a otros a través de la oración, así que no me sorprendí cuando fue a orar.
De pronto me comencé a sentir nuevamente en calma. Entonces me di cuenta de que las ideas en las que había estado pensando de Ciencia y Salud podían ser aplicadas a esta aflicción que sentía. Me di cuenta de que no podía perder el amor que había disfrutado con mi abuela debido a que el amor no estaba limitado a su presencia física. Esto era una expresión del amor de Dios y nunca podía perderse ya que Dios, Su fuente, estaba siempre presente manifestando amor. Yo, junto con mi abuela, estábamos reflejando el Amor divino, el cual no comenzaba ni terminaba con nosotros ahora que estábamos separadas físicamente.
Me sentía muy agradecida de saber que todo el amor y la alegría que habíamos compartido estaría siempre conmigo, vivos en mi pensamiento. Nunca había estado contenido en las violetas, ni siquiera en mi abuela. Yo podía verdaderamente sentir, y todavía siento, que mi querida abuela se encuentra conmigo, y continúa dándome un ejemplo de cómo ser feliz, cómo amar a los demás, y cómo disfrutar toda la belleza de la vida. No me refiero con esto a algo extraño y de otro mundo, como lo sería escuchar voces o ver apariciones. En lugar de ello, y de una forma muy real y tangible, siento todo el mismo amor que sentí cuando ella estaba conmigo en persona.
El incidente con las violetas se volvió una bendición. Me permitió dejar de lado un sentido físico y limitado de mi abuelita, y descubrir su naturaleza espiritual eterna, esas vibrantes cualidades de felicidad, amor, y belleza que continúan para siempre. Me sentí tan libre de esa tristeza que cuando le eché una mirada a las violetas, se me ocurrió que podía hacer lo que mi abuela hubiera hecho, cortar las pocas hojas que no habían sido dañadas, dejar que su raíz brote en un vaso de agua, y comenzar unas plantas nuevas. Hice justamente eso y disfruté mucho esas violetas. Pero ya no las veía como un vínculo físico con mi abuela. Ahora podía entender que su hermoso carácter era ilimitado y espléndido, superior a todo lo que pudiera ser contenido en todo lo físico.
Esta traducción del artículo religioso del Christian Science Monitores la dedicada y desinteresada labor del cuerpo de traductores y revisores voluntarios de El Heraldo de la Ciencia Cristiana.