Joseph Kamenju
El viernes 22 de julio por la tarde, una enorme explosión conmocionó el centro de Oslo, capital de Noruega. Varios edificios del activo distrito comercial, que se encuentra junto al edificio de gobierno donde está la oficina del Primer Ministro, el aparente blanco del ataque, quedó cubierto de vidrios rotos y paredes derrumbadas. La policía acordonó el centro de Oslo para que se realizaran las operaciones de rescate. Pocas horas después, en una pequeña isla en las afueras de la capital, un solo hombre armado comenzó a disparar en un campamento de verano para jóvenes, durante una reunión del partido Laborista actualmente en el poder. Decenas de personas fueron asesinadas en los dos ataques, y muchas más heridas. El extremista noruego de derecha, quien confesó haber perpetrado ambos ataques, fue apresado.
Muchas personas al parecer se preguntan: “¿Oslo? ¿Cómo es posible?” Yo estoy estudiando en Oslo desde marzo de este año, y también he estado de visita aquí varias veces en los últimos tres años. Puedo asegurarles que un acto terrorista es lo último que uno podría esperar en esta tranquila ciudad, donde el Primer Ministro anda en bicicleta y se sienta en un café con poco o ningún personal de seguridad. En comparación con mi alborotado país natal, Kenia, donde la inseguridad exige la presencia de mucho personal de seguridad, en Noruega todo parece funcionar con muy poca presencia policial visible.
Aquí todos se sintieron sorprendidos con los ataques, y una de las tristes conclusiones a las que se llegó es que nadie, en ninguna parte, está inmune a la amenaza del terrorismo; que nadie está a salvo. Este razonamiento haría temblar de miedo a cualquiera, que es justamente el resultado que el terrorismo quiere lograr.
¿Qué podemos hacer cuando nuestra paz es amenazada o parece que no tenemos a dónde correr en busca de seguridad? En el Evangelio según Juan, Jesús dice: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. 1 A Jesús también se lo llamó el Príncipe de Paz, y él sabía algo del reino de los cielos, de modo que tal vez valga la pena comenzar por comprender qué quiso decir con eso.
La manera en que Jesús actuaba ante los aparentes disturbios que había a su alrededor, nos permite discernir el tipo de paz al que él se refería. En una ocasión, cuando estaba con sus discípulos en una barca en el Mar de Galilea, una tormenta amenazó con hacer zozobrar la embarcación. Los discípulos se alarmaron mucho, pero Jesús estaba durmiendo en la parte de atrás de la barca. Y se acercaron a él y le reprocharon diciendo: “Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?” 2 Yo me he imaginado esta escena con frecuencia y visto a los discípulos acercándose a Jesús, apartando su atención de la violencia de la tormenta, y tornándola en vez hacia la calma que él manifestaba. Esto fue un punto importante en la situación tan dramática que estaban viviendo. Ellos deben de haber dado la espalda a la tormenta para enfrentar a Jesús, y esto los ayudó a cambiar el curso de su pensamiento. Jesús les reprochó diciendo: “¿Por qué estáis así amedrentados?” Y volviéndose hacia la tormenta, simplemente dijo: “Calla, enmudece”, y el mar se calmó.
Por lo general, cuando la gente enfrenta un horror como el ocurrido en Oslo, se siente atrapada por el drama que se está desarrollando. Es una especie de atracción mesmérica que nos mantiene absortos mirando la cobertura de los hechos. El shock, el temor y la incertidumbre que siente la gente puede incluso hacer que todo llamado a mantener la calma y la paz parezca casi inapropiado —tal como el llamado de Jesús de que tuvieran calma puede haber parecido a los discípulos— pero esa es precisamente la manera de enfrentarlo. El Primer Ministro de Noruega pidió a los noruegos que mantuvieran la calma y no cedieran al temor.
La Ciencia Cristiana es clara en que “la enfermedad, el malestar y la muerte proceden del temor”. 3 No puede ser de otra forma, incluso en un ataque terrorista. Los logros del terrorismo no sólo se miden en el número de personas asesinadas, sino en el número de mentes aterrorizadas. Esta mentalidad no es de ninguna manera diferente del estado de temor que envuelve a una población cuando enfrenta el brote de una enfermedad, o incluso un desastre financiero. Con frecuencia nos paraliza más el temor de perder nuestro estilo de vida o nuestra casa, que la verdadera, así llamada, pérdida.
El número de muertos en un ataque terrorista nunca es insignificante, pero es importante recordar que a menudo es más grande el número de aquellos que mueren dentro de sí mismos. A fin de lidiar con la raíz del problema y destruirla para siempre, podemos enfrentar firmemente el terrorismo de cualquier tipo que sea, de la misma forma que Jesús se mantuvo firme y reprendió el viento. Necesitamos enfrentar la así llamada amenaza y desenmascarar su farsa. Esto no quiere decir que le demos la espalda al problema con resignación, sino que lo enfrentemos y lo rechacemos con osadía, valentía y calma, como hizo Jesús.
Ciencia y Salud, el libro de texto de la Ciencia Cristiana, declara con audacia: “Cuando desaparece el temor, desaparece la base de la enfermedad”. 4 Así que al lidiar con el terrorismo también podemos eliminar nuestro temor y saber que nada nos puede quitar la paz que Dios nos ha dado.
Joseph Kamenju es de Nairobi, Kenia, y estudia en Oslo, Noruega.
1 Juan 14:27. 2 Marcos 4:38. 3 Ciencia y Salud, pág. 260. 4 Ibíd., pág. 368.