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EXPLORAR – INSPIRAR – SANAR

Es necesario dispersar la niebla

Para los que viven cerca de la costa la niebla es cosa de todos los días. Cuando aparece la neblina a veces es tan densa que uno no puede ver ni siquiera del otro lado de la calle. Las cosas tan familiares como los postes de luz, las cercas y los coches que pasan, desaparecen. ¿Desaparecen o simplemente están ocultos a la vista? Por supuesto, la niebla no cambia el paisaje ni lo elimina, simplemente lo oscurece.

La naturaleza de la niebla ha sido una metáfora muy útil en mi experiencia como Científica Cristiana. A menudo cuando oro por algún problema, siento como que no logro entender claramente las cosas. Me pregunto: “¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Cuál es la verdad, la realidad, la forma en que Dios ve esta situación, este “cuadro”? Y luego vienen las preguntas: ¿Por qué no puedo ver con mayor claridad? ¿Cómo me puedo librar de la “niebla” que oscurece la visión de Dios?

Con frecuencia permitimos que sutiles conceptos errados penetren furtivamente en nuestro pensamiento, y no nos damos cuenta de que atentan contra la curación. Ésta es la niebla de la visión limitada; en lugar de ver a través de la niebla, permitimos que oscurezca nuestra visión. Si incluimos errores latentes en la base metafísica de nuestras oraciones, nuestra visión seguirá siendo borrosa. Como señaló Mary Baker Eddy: “…un error en la premisa tiene que aparecer en la conclusión”.1 ¿Cómo sabemos cuándo nuestra premisa es falsa y si lo es? Si nos sentimos inseguros, o percibimos que nuestra oración carece de claridad, es señal de que inadvertidamente hemos permitido que algún error entre en nuestro pensamiento.

Por ejemplo, alguien podría pensar: Yo sé que la materia no existe. Ciencia y Salud lo expresa claramente en “la declaración científica del ser”. “No hay vida, verdad, inteligencia ni sustancia en la materia. Todo es Mente infinita y su manifestación infinita, porque Dios es Todo-en-todo. El Espíritu es Verdad inmortal; la materia es error mortal. El Espíritu es lo real y eterno; la materia es lo irreal y temporal. El Espíritu es Dios, y el hombre es Su imagen y semejanza. Por lo tanto el hombre no es material; él es espiritual”. 2 Esta es una inequívoca y correcta declaración de la verdad. ¿Pero es posible que guardemos una creencia latente que no hemos descubierto, de que aunque no hay vida, verdad, inteligencia ni sustancia en la materia, no obstante, la materia existe? ¡Lo que pasa es que no tiene estas cualidades de vida, verdad o inteligencia! Ésta es la niebla. Un argumento sutil y callado que se presenta contra la poderosa y activa verdad de nuestro ser. ¿Pero cuán poderosa puede ser para declarar que el Espíritu, Dios, es todo y, no obstante, mantiene en el pensamiento la creencia de que también hay materia, o de que hay algo que “hacerle” a la materia? Esto nos pone en la posición de tener que pedirle al Espíritu que venga y pierda el tiempo con la situación material, para después volver a ser Espíritu. Es tan importante mantener presente en nuestras oraciones lo que nos recuerda Ciencia y Salud cuando afirma: “A través de los ciclos infinitos de la existencia eterna, el Espíritu y la materia no coinciden ni en el hombre ni en el Universo”. 3

La neblina del pensamiento dual
Para luchar contra la resistencia mortal a creer la validez de esa declaración, es importante considerar nuestros conceptos básicos acerca de la materia. A veces, me resulta útil escribir lo que pienso que es la materia. Es decir, definirla para mí misma. Después, al buscar las referencias sobre materia en los escritos de la Sra. Eddy, puedo ver en qué estoy equivocada. He aquí algunos de los términos para describir la materia: reclamo, ilusión mortal, creencia, error, punto de vista falso, la nada, irreal. Mary Baker Eddy nos dice con total precisión que la materia no existe. ¿Pero por qué la materia no tiene realidad? Puesto que Dios es Todo-en-todo, en esa totalidad no puede haber lugar alguno para nada que sea desemejante a Dios, el Espíritu. Alcanzar una percepción mucho más clara de este hecho aumenta nuestra comprensión espiritual y resulta en una oración más eficaz. Cuando entendemos esto, la neblina del pensamiento dual —de que tanto el Espíritu como la materia existen— se dispersa, dejando sólo una gran verdad con la cual vivir a diario: El universo está totalmente creado por el Espíritu y es completo y saludable.

Otro concepto errado que puede obnubilar nuestra oración es la creencia de que nuestro problema está “todo en nuestro propio pensamiento”. Allí es cuando nos encontramos tratando de determinar contra quién guardamos resentimientos, o qué cuadro falso hemos aceptado en nuestro pensamiento, o dónde hemos permitido que algún pensamiento se haya desviado. Aunque Ciencia y Salud afirma que es esencial permanecer “portero a la puerta del pensamiento”,4 tratar de determinar “qué está mal” es un empeño totalmente humano; empeño que nos mantiene dentro de la niebla porque estamos buscando la causa material o humana de un problema. Una de las verdades fundamentales en la práctica de la Ciencia Cristiana es que el mal y la enfermedad no tienen causa alguna. ¿Por qué? Porque en la única realidad que existe —la realidad del universo del Espíritu— sólo está presente la existencia espléndida y maravillosa. Sólo está presente la armonía, Dios y la creación perfecta, que nos incluye a todos. Partiendo de estos hechos, nuestra oración Científica comienza con esta premisa: “La comprensión, semejante a la de Cristo, del ser científico y de la curación divina, incluye un Principio perfecto y una idea perfecta —Dios perfecto y hombre perfecto— como base del pensamiento y de la demostración”. 5 Nótese que este pasaje no dice… Dios perfecto y hombre imperfecto tratando de ser más perfecto.

Otra forma de niebla —un freno a la claridad espiritual, que no se ha detectado— es tener la creencia de que el pensamiento de otras personas nos puede hacer daño por medio de lo que se llama malapráctica. A veces las personas caen en la trampa de pensar que la malapráctica es algo realmente peligroso. No obstante, el fundamento de las enseñanzas de la Ciencia Cristiana es que existe una sola Mente. Entonces, ¿dónde puede haber una mente que cometa o esté sujeta a la malapráctica? En ningún lado. ¿Estamos aceptando la existencia de un poder aparte de la omnipotencia, aparte de la única Mente? Entonces ¿qué es la malapráctica? La Sra. Eddy la define, en parte como “una blanda negativa a la Verdad”. 6 Y un diccionario define la malapráctica como “cualquier práctica impropia y negligente; conducta o uso equivocado”. Puesto que es obvio que el mal es el opuesto del bien —y el bien, la presencia de Dios, está en todas partes todo el tiempo— podemos ver que la malapráctica es sólo el supuesto opuesto del bien o manera correcta de pensar. El mal no es un poder real. No es una influencia. No puede tener ningún efecto sobre el bien. No puede impedir la curación. Es nada. Punto. Sin embargo, la nada de la malapráctica debe ser entendida.

Martha Wilcox, una de las primeras seguidoras de Mary Baker Eddy, recuerda en sus reminiscencias algunas de las enseñanzas de la Sra. Eddy sobre la malapráctica, y específicamente estas instrucciones: “Me explicó que, debido a que la malapráctica mental es mental, el único lugar donde podía enfrentarla era en lo que parecía ser mi propia mentalidad, y la única forma de enfrentarla era renunciando a la creencia en un poder y presencia aparte de Dios o la Verdad. … Me explicó que este supuesto enemigo interior jamás podía hacerme daño si yo me mantenía alerta a la verdad y activa en la verdad”. 7

Atraída hacia la vista libre de obstrucciones
Teniendo en cuenta este consejo, es importante saber cómo reconocer el temor y otras tendencias negativas que puedan estar latentes en nuestro pensamiento. ¿Cómo hacemos esto? Examinemos el pensamiento. Estemos alerta a lo que viene al pensamiento cuando oramos y qué podría distraernos. Escuchemos la guía divina. Prestemos atención al contenido de nuestras conversaciones. Estemos dispuestos a aprender. En mi caso personal, sin excepción, siempre que he deseado con toda sinceridad crecer espiritualmente, los errores que estaba guardando en mi pensamiento han sido puestos al descubierto, y he encontrado las respuestas que necesitaba allí mismo.

Por ejemplo, hace unos años, mis vecinos nos acusaron a mi esposo y a mí de mentir y de usar ilegalmente propiedad de la comunidad. Parecían expresar mucho odio y nos sentimos bajo ataque. Al examinar mi propio pensamiento, me di cuenta de que yo no tenía miedo al odio; tenía miedo de que mis vecinos nos quitaran la alegría de disfrutar de nuestro hogar. La situación que yo debía enfrentar no era acerca de ellos y su manera de pensar, sino mi propio temor. Yo sabía que debía enfrentar el temor con la oración hasta que desapareciera. Me di cuenta de que Dios sólo podía bendecir y que nada podía encolerizarse contra el bien que Dios otorga. Me mantuve firme en el hecho de que a lo largo de los años mi esposo y yo habíamos orado sinceramente para comprender que el hogar es una idea espiritual, que existe en la consciencia y no puede ser violado ni amenazado. Por lo tanto, nuestro hogar sólo podía permanecer intacto, inalterado y protegido. Muy pronto toda la situación se resolvió armoniosamente e incluso recibimos una nota de disculpa de los vecinos, lamentando su comportamiento hacia nosotros.

Es tan importante comenzar correctamente en el esfuerzo por sanar una situación, de empezar con el punto de vista firme y claro, sin neblina alguna en la vista. Hacemos esto reconociendo la perfección de Dios, que nos incluye a cada uno de nosotros; abrazando en el pensamiento la totalidad e integridad de toda la creación espiritual de Dios. Deleitándonos en la totalidad del universo y comprendiendo que somos parte de este incomparable estado perfecto del ser. A mí me resulta útil permitir que verdades como éstas vengan naturalmente a mi consciencia. A medida que mi pensamiento se eleva, encuentro que puedo dejar de formular pensamientos “por mí misma”, y a medida que me detengo a escuchar, tomo consciencia de que la Verdad se revela a sí misma. Este es un lugar sagrado donde saber, ser y dar testimonio de ella. Éste es el “abrigo del Altísimo”, como dice el Salmo 91. En este lugar sagrado no hay problemas que resolver, no hay enfermedad que sanar, no hay mal ni pecado del cual liberarnos. Es aquí donde se produce la curación, no porque tratemos de “aplicar” estas verdades a una situación, sino porque todo aquello que no sea la verdad —cualquiera sea la forma o el nombre que asuma el mal— simplemente se va desvaneciendo de la consciencia y desaparece porque no es cosa alguna.

En este lugar donde se toma consciencia científica de lo divino, no hay neblina. Si hemos estado pensando que es nuestra culpa que tenemos un problema, que nuestro pensamiento es un poco “malo”, entonces estamos afirmando que existe una mente aparte de Dios. Y si pensamos que nuestra situación es culpa de otra persona, nos estamos separando de Dios y de todo el bien que el Espíritu imparte, porque, de hecho, no existe mente alguna separada que piense incorrectamente. Nadie puede tener una mente que sea responsable de algún mal. y nosotros no somos responsables de lo que llega a la puerta de la consciencia, sólo de lo que hacemos al respecto.

Manteniendo estas verdades al frente de nuestras oraciones, cada uno de nosotros puede contar con que seremos inspirados, guiados y cada vez más eficaces en nuestro crecimiento metafísico. Siempre habrá oportunidades de ver a través de la niebla, y si somos sinceros, las verdades que buscamos nos serán reveladas. Esta es una aventura gozosa que suma profundidad y amplitud a los recursos espirituales de todos, brindando cada vez más vistas hermosas del universo del Espíritu. Esta vista clara y libre de obstrucciones ofrece la oración más profunda y satisfactoria, y trae frutos, produciendo seguras y constantes curaciones.

—Deborah Huebsch
Publicado originalmente en el número de Agosto de 2008 de
The Christian Science Journal.

1 Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras, pág. 167. 2 ibíd., pág. 468. 3 ibíd., pág. 319. 4 ibíd., pág. 392. 5 ibíd., pág. 259. 6 Escritos Misceláneos 1883–1896, pág. 31. 7 Conocimos a Mary Baker Hedí, pág. 119.

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