De los Redactores Reimpreso del número del 3 de noviembre de 2008 del Christian Science Sentinel.
Todos los ojos están puestos en el sistema financiero de los Estados Unidos. La quiebra de bancos, compra de acciones e intereses y ajuste de créditos han aparecido en los titulares de todos los medios, dejando al público confundido —incluso furioso— y ansioso de recibir respuestas.
En uno de los informes de la National Public Radio titulado “¿Se está desmoronando el cielo económico?”, Chris Arnold lo llamó “punto crucial de la caída” y explicó que el crédito —entre bancos y con los individuos— es “como el oxígeno para la economía” (30 de septiembre de 2008). Sin este intercambio vital todos quedan jadeando en busca de aire. Algunos en Wall Street incluso han dicho que la economía de los Estados Unidos ha sufrido una experiencia cercana a la muerte. Y las economías del mundo se están tambaleando.
Mientras los expertos debaten sobre cuál es la mejor forma de reavivar la enfermiza economía, y ver el camino a seguir en el futuro, los pensadores espirituales pueden voltear el peso de la balanza a favor de un antídoto basado en la oración. Para ser eficaz, esta oración debe ser específica e inflexible.
Nuestro trabajo consiste en ser persistentes y exigentes en ver las evidencias de la Vida divina, en lugar del frenesí del temor, la confianza frustrada o la confusión.
Uno puede empezar comprendiendo qué da vida y qué restablece nuestra comprensión de ella. Jesús demostró muy claramente al sanar y enseñar, que nada material tiene poder para originar vida. Sólo Dios tiene ese poder. Dios, por ser la Vida misma, nunca crearía una expresión opuesta, la muerte. La vida no depende de estructuras físicas para ser estable y perdurable. Jesús probó infinidad de veces que comprender este hecho es muy práctico, al sanar a los enfermos, resucitar muertos y finalmente demostrar la ley de inmortalidad con sus propia resurrección.
Sin embargo, la muerte no sólo surge en relación al cuerpo humano. Puede también aparecer para dominar los cuerpos que llamamos gobiernos, sistemas financieros, negocios, hogares, iglesias. En directo desafío a lo que parece estar tambaleándose, la oración inyecta vida nueva a estas entidades, y es una prueba poderosa de que la muerte nunca es la respuesta final. La Vida está siempre presente, aun cuando todo argumente en su contra. Nuestro trabajo consiste en ser persistentes y exigentes en ver las evidencias de la Vida divina, en lugar del frenesí del temor, la confianza frustrada o la confusión. La Vida divina bien comprendida brinda paz, convicción (no obstinación), y acción inteligente. Esto también es cierto de aquellos que se preocupan, con justa razón, por su vida personal, desde mantener sus empleos y alimentar a sus familias, a hacer planes para su jubilación. La Vida divina cuida de cada persona, no importa qué tan alto o bajo esté en la escala económica.
El concepto de la resurrección —que incluye renovación y rejuvenecimiento— aparta el pensamiento y hace que en lugar de mantenerse fijo en los resultados, se concentre en las oportunidades infinitas. En su obra Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras, Mary Baker Eddy define resurrección de la siguiente manera: “Espiritualización del pensamiento; una idea nueva y más elevada de inmortalidad, o existencia espiritual; la creencia material sometiéndose a la comprensión espiritual”.1 En términos económicos, el pensamiento colectivo sostiene que el intercambio constante de dinero es el recurso vital de un sistema financiero saludable. Pero cuando reemplazamos este concepto con un punto de vista espiritualizado, la salud económica se puede considerar como el flujo constante de ideas productivas que el temor no puede obstaculizar y están rebosantes de productividad. Una “idea nueva y más elevada de inmortalidad” revela con creciente claridad que la expresión de la Vida no puede declinar ni estar nunca en estado de crisis.
Nuestras vidas no están a merced del temor.
Hubo profetas que, mucho antes de los tiempos de Jesús, percibieron este poder restaurador vivificante. Cuando Elías se encontró con la viuda que estaba preparando la última comida para su familia para después morir, él hizo algo muy curioso: le pidió que le diera de comer a él primero. Y le dijo: “No tengas temor”. Al obedecer el pedido de Elías, la viuda salvó a su familia de la amenaza de muerte y abrió fuentes de provisión que se autorenovaban. Tal como había prometido Elías, ni la tinaja de harina ni la vasija de aceite disminuyeron hasta que “el Señor [hizo] llover sobre la faz de la tierra”.2 Valentía, obediencia, disposición de dar —estas cualidades, combinadas, se transformaron en el antídoto contra la muerte y trajeron vida.
En lugar de apoyarnos en cuentas bancarias y en los rescates financieros gubernamentales para tener estabilidad —por más que ofrezcan algunas respuestas— podemos poner nuestra confianza en la economía divina. Entonces, lo que necesite llegar a su término —como son la codicia y la falta de honradez que alimentaron el colapso hipotecario y la crisis crediticia— llegarán a su fin, y serán reemplazados por la revitalización y la estabilidad.
En vez de ceder a las predicciones de que habrá una mayor recesión y la amenaza de un efecto económico dominó, podemos saber que nuestras vidas no están a merced del temor, sino abastecidas por la Vida misma. Podemos declarar con convicción: “El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida”.3 Todo aquel que se preocupa mucho por la economía de los Estados Unidos y su saludable relación con los sistemas financieros mundiales, puede poner en práctica la oración que destruye el temor, confía en la provisión infalible de Dios y restaura la confianza en el hecho de que la vida y el suministro del bien tienen un fundamento espiritual inconmovible.
1 Ciencia y Salud, pág. 593. 2 Véase 1 Reyes 17:10–16. 3 Job 33:4.