Yo quiero mucho a la Ciencia Cristiana y la idea de orar por los demás. Pero lo que me limita es que no creo que sabré decir las palabras adecuadas a los pacientes. ¿Son importantes las palabras que le diga a alguien?
Si bien el tierno amor de un Científico Cristiano por un paciente puede demostrarse al expresar verbalmente ideas llenas de esperanza, en realidad no son las palabras en sí mismas las que sanan. Son los mensajes del Cristo que Dios envía al practicista y al paciente los que verdaderamente traen consuelo. El Cristo es la fuerza que transforma el pensamiento y efectúa la curación. A veces me ha resultado útil pensar en el Cristo como la voz de Dios. “El Cristo es la verdadera idea que proclama el bien, el divino mensaje de Dios a los hombres que habla a la consciencia humana”, explica Mary Baker Eddy en Ciencia y Salud. 1
Es “el divino mensaje,” lo que le da a la práctica pública de la Ciencia Cristiana su sustancia y fundamento. Jamás he persuadido a alguien para que se sane. Caso tras caso, he visto que la oración eficaz realmente no se produce hasta que estoy callado y escucho a Dios hablarme y guiarme hacia lo que debo pensar sobre el paciente.
Cuando entré en la práctica pública —creo que todavía mi nombre no estaba listado en el Journal— un día una persona muy amable me pidió que orara por ella. Mientras me describía el malestar con lujo de detalles, me sentí inspirado por algo que escuché que Dios dijo en mi corazón sobre ella. Cuando esta persona terminó de hablar, le dije exactamente lo que Dios me había dicho. “Bueno, está bien”, respondió, sin mucho entusiasmo.
Al día siguiente, me pidió ayuda otra vez, diciendo que no estaba mejor. Le expliqué con mucho cuidado una vez más el mismo punto metafísico que sabía era clave para la resolución de ese caso. Al día siguiente, me dijo que estaba peor. Esta vez, anticipando su llamada, preparé exactamente lo que le diría. Le presenté, con ejemplos coloridos y vívidas ilustraciones, la idea inspiradora que podía ayudarla. Al día siguiente, ella me dijo que no quería seguir trabajando conmigo.
Pocas semanas después me encontré con ella, ¡y se veía muy animada! Exclamó: “Acabo de sanarme”. A continuación, describió una maravillosa revelación que había tenido. Le había venido una idea que resultó ser exactamente el punto que yo había intentado explicarle todo ese tiempo. Por supuesto, no le respondí: “Te lo dije”. Simplemente me regocijé con ella. Ella no me había escuchado cuando le expliqué claramente esa idea —de hecho, parecía que le fue indiferente— no obstante, la idea del Cristo que ella necesitaba había penetrado en su pensamiento y eliminado sus temores.
Con humildad, reconocí que había sido mi oración, y no resonantes palabras, lo que ella había estado buscando. Inicialmente, la esencia espiritual de lo que yo había compartido con ella se había perdido un poco entre las palabras. El profundo sentimiento del poder de Dios que respalda una idea espiritual es el quid de la oración. “Los efectos de la Ciencia Cristiana se ven menos de lo que se sienten”, dice en Ciencia y Salud. “Es la ‘voz callada y suave’ de la Verdad, expresándose. O bien nos estamos alejando de esa expresión, o la estamos escuchando y elevándonos”. 2
Haz de cuenta que estás en un cuarto frío con otras personas. Tú podrías, si quisieras, caminar hasta la estufa a leña y prender el fuego. Entrarías en calor, al igual que todos los demás en esa habitación. La oración funciona de la misma manera. Cuando la inspiración del Cristo nos hace sentir ese calor, todas las personas que te rodean lo sienten.
Sin embargo, si caminaras por la habitación diciendo simplemente a la gente: “El fuego es cálido, ¿sabías? El fuego calienta”, nadie sentiría el calor. ¡No importa si pisaras fuerte y declararas a los gritos que el fuego da calor! Sólo un fuego de verdad podría hacer que el cuarto entrara en calor.
Cuando oramos, la tibieza de la curación llega a través de la inspiración del Cristo. La inspiración es la respuesta de la sabiduría a nuestro pedido: “La colina di Pastor, cómo he de subir”. 3 Sentimos amor en nuestros corazones con cada concepto específico e inspirado con el que Dios nos bendice. Se nos muestra una nueva perspectiva de nuestro ser espiritual, perfecto y verdadero, y el de los demás, cuando calladamente somos receptivos y escuchamos la respuesta de Dios a nuestro pedido de ayuda.
He descubierto que escuchar y no poner en práctica lo que Dios me dice, no es oración, ¡ni se acerca a ella! Lo que nos hace que seamos cristianos, es orar y obedecer la inspiración divina. Jamás he podido vencer los temores, y las ilusiones de mortalidad que los acompañan, manifestadas como enfermedad, limitación, pecado y muerte, si no me dedico a actuar de la forma en que Dios me ha indicado. Podemos declarar la verdad a los cuatro vientos, pero no oramos verdaderamente hasta que la inspiración del Cristo gana un lugar en nuestro pensamiento y dejamos que transforme permanentemente nuestros puntos de vista y acciones.
Sí, ciertamente es bueno alentar y animar a tu prójimo, pero la mera charla no liberará a una persona de la enfermedad más que las palabras meramente humanas podrían derretir un glaciar. La Ciencia Cristiana no es una curación por medio de la palabra hablada; sólo el poder y comunicación de Dios sanan. Darme cuenta de esto ha sido de gran ayuda, porque me impide caer en la tentación de sustituir con meras palabras “triunfadoras”, algo tan maravilloso como lo que podemos oír en la voz de Dios. “Bramaron las naciones, titubearon los reinos; dio él su voz, se derritió la tierra”. 4
Mark Swinney, Albuquerque, Nuevo Mexico, ee.uu.
1 Ciencia y Salud, pág. 332. 2 Ibíd, pág. 323. 3 Mary Baker Eddy, Himnario de la Ciencia Cristiana, Nº 304. 4 Salmo 46:6.