El cardán del vehículo se me clavó a la altura del esternón y no me permitía emitir palabra ni respirar. Debajo del camión, lo único que atiné a pensar fue que en el reino de Dios no existen los accidentes.
Nos sacaron a ambas de debajo del pesado vehículo y con un hilo de conciencia pude ver que mi hija estaba a salvo. Las ruedas habían pasado a unos centímetros de su cabeza pero no la habían tocado. Apenas podía oír a la gente que me preguntaba cómo me sentía. Finalmente, sólo pude decir "bien", pensando en la manera en que había contestado la mujer sunamita en la Biblia. Cuando su hijo murió, le pidió ayuda al profeta Eliseo, cuyo siervo le preguntó cómo estaban ella y su hijo, y ella respondió: "bien". (Véase 2 Reyes 4:1837)
En medio de todo esto me aferré a lo que creía firmemente, como quizás lo había hecho la mujer sunamita; que en el reino de Dios lo único real es la armonía. No hay accidentes ni discordancia, solamente el bien es la realidad. Casi desvanecida, supe que lo importante era instalarme en la conciencia de estas verdades, la conciencia de que todo estaba bien, y que no habría efectos negativos porque nunca había ocurrido nada más que el bien.
Al cabo de unos segundos, perdí el conocimiento y cuando desperté, íbamos de camino a un hospital cercano. Los dos señores que venían en el camión en estado de ebriedad, estaban arrodillados a mi lado pidiéndome perdón. Les sonreí y les dije que no se preocuparan.
Cuando mi madre se enteró de lo que había ocurrido, pidió ayuda a una practicista de la Christian Science, y esta señora aceptó orar por nosotras. En el hospital nos hicieron a mí y a mi pequeña todo tipo de radiografías. Los médicos pensaron que había hemorragias internas y los vaticinios fueron muy funestos. Sin embargo, nada de eso demostró ser cierto. Más tarde, al oír a los médicos decir que era como si hubiéramos nacido de nuevo, yo agradecí íntimamente a Dios por mi hija y por mí.
Aunque aún no podía respirar ni andar normalmente, quise regresar a mi hogar. Mi experiencia ya me había demostrado el poder que tiene el reconocimiento de la verdad, en la experiencia individual.
Cuando mis compañeros se enteraron de lo acontecido me vinieron a visitar a casa y me dijeron que iban a tomar a otra soprano ya que entendían la situación por la que estaba atravesando. Les aseguré que yo iba a poder dar ese concierto.
Me di cuenta de que todavía me sentía muy irritada con los camioneros. Cuando mis compañeros se retiraron, continué orando. Mi agradecimiento era tan grande por ver a mi hija correr, caminar y estar bien, que me dediqué a agradecerle a Dios y a pedirle que me revelara lo que tenía que aprender de esta situación. Yo sabía que la voluntad de Dios era nuestro bienestar. Su voluntad siempre es el bien para Sus hijos.
Mary Baker Eddy escribió: "La devoción del pensamiento a un objetivo honrado hace posible alcanzarlo" (Ciencia y Salud, pág. 199). Mi objetivo era cumplir con mi deber. Fue entonces cuando sentí esos pensamientos angelicales de Dios. Una voz interior me hizo reflexionar sobre la manera en que estaba pensando acerca de los que venían conduciendo el camión.
Al principio, pensé que eran inconscientes y desconsiderados, pero luego reconocí que espiritualmente eran los hijos inocentes, puros y perfectos de Dios. Me di cuenta de que tenía que ver a estos hombres tal como Dios los veía. Durante la siguiente media hora, me dediqué a ese reconocimiento, a ampliarlo, a desarrollarlo, a amarlo. Y en poquísimo tiempo sentí una paz muy grande y ningún asomo de rencor contra ellos.
A los pocos minutos mi hija entró a mi habitación. En esos momentos sentía tanto amor que eso era de lo único que estaba consciente. No tenía miedo a las consecuencias del accidente, o a que no pudiera volver a cantar. Sentía solamente una gran paz interior. Mi hija se paró en la puerta a mirarme y le dije que se acercara, ya que quería darle un beso y un abrazo. Evidentemente, yo había olvidado que hasta ese momento no podía moverme. Cuando me incliné y giré el cuerpo levemente para abrazarla, oí un ruido muy fuerte, sentí un ajuste en el cuerpo y quedé brevemente sin respiración. Cuando me enderecé, sentí que todo estaba bien, que estaba sana, así que me levanté de la cama.
Ese pensamiento de amor,
ese reconocimiento de la verdad, fue tan real y poderoso que tuvo un efecto
transformador en mi conciencia y en mi cuerpo. Ese sábado pude cantar,
y el concierto fue todo un éxito. Agradecí a Dios por Su bondad,
por Su dirección, por Su cuidado.
Mientras escuchaba el
diagnóstico, supe que en realidad tenía dos opciones: recurrir
a la operación quirúrgica u optar exclusivamente por medios espirituales
para la curación. Hice lo segundo, pues yo ya había tenido muchas
pruebas de que la oración tiene efectos sobre nuestro cuerpo y nuestra
salud. Decidí llamar a un practicista de la Christian Science para que
orara conmigo.
Oramos durante un tiempo,
yo me dediqué a estudiar la Biblia y Ciencia y Salud. El primer
capítulo trata sobre la oración y fue en el que más profundicé
en esa etapa. Hay muchas frases del libro que me ayudaron, pero una se destaca
particularmente. Dice así: "Lo que más necesitamos es la oración
del deseo ferviente de crecer en gracia, oración que se expresa en paciencia,
humildad, amor y buenas
obras" (pág. 4).
La oración es
nuestro intento de aproximarnos a Dios. Es la capacidad que todos tenemos para
elevar nuestro pensamiento y vernos a nosotros mismos, y a los demás,
en la misma forma en que Dios nos ve, es decir, perfectos y puros. La oración
es una forma de acercarnos a Él y escucharlo. Si conseguimos acallar
nuestros temores y nuestros pensamientos, que quizás no siempre sean
muy halagüeños, seremos capaces de oír lo que Dios nos dice.
Esto nos guía, nos protege y nos trae curación.
Realmente no sabría
decir ni cómo ni cuándo se produjo esta curación. El temor
simplemente se desvaneció de mi pensamiento y poco a poco se me olvidó
el problema físico. De alguna forma, se fue borrando del pensamiento,
y a la vez del cuerpo. Lo único que sé es que en radiografías
posteriores, lo que antes aparecía allí ya no estaba.
En ese período
en que estudié la Biblia y Ciencia y Salud y me dediqué
a orar, creo que hubo un proceso dentro de mí que fue sacando a luz algunas
cosas que me habían estado molestando. Recuerdo que me di cuenta de que
últimamente había tenido mucha más tendencia al enfado,
a la irritación, a una cierta impaciencia con mi entorno y con los demás.
A la vez que mejoraba mi estado de ánimo y desaparecían mis pensamientos
negativos, se iba produciendo la curación tanto física como moral.
Me calmé y dejé de sentir temor. Percibí más el
amor de Dios por mí y por todos, y fue entonces cuando llegó la
curación.
Cuando recuerdo esta
experiencia y agradezco a Dios por ella, me doy cuenta del progreso personal
que alcancé gracias a esta curación que me obligó a acercarme
más a Él.
Eva Hannikainen
Hace ocho años, comencé a despertar por las mañanas con
la cara tremendamente hinchada. Tiempo después, en una visita al dentista,
se descubrió que tenía quistes a ambos lados de la boca. El odontólogo
me dijo que tenían que ser extraídos quirúrgicamente de
inmediato.
Madrid, España