ALTAS REJAS, servicios de seguridad, cerraduras que se abren con una clave, billeteras con cierres herméticos... ¿Son estos métodos, y tantos otros, suficientes para darnos un sentido de seguridad?
Si bien es importante cuidar humanamente de las cosas que son necesarias y preciadas para nosotros, también es importante sentirnos en paz cuando se trata de nuestra seguridad.
Las ideas del Salmo 91 muchas veces me trajeron esa paz. Comienza diciendo: "El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente... No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya... Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, no te sobrevendrá mal".1
¿No indican estas ideas un sentido más espiritual en el cual encontrar
seguridad? Este sentido que se apoya en Dios, lo reconoce a Él como el
único creador de cada uno de nosotros, el creador que nos ha dado a todos
el derecho de expresar Su amor.
Todos podemos aprender que para cultivar este sentido espiritual de la vida es necesario tratar de comprender que el hombre expresa cualidades espirituales, como bondad y mansedumbre por ejemplo. Asimismo Dios, quien proporciona estas cualidades, no permite que al hombre le falte nada ni se le quite nada.
Aunque los sentidos físicos no lo pueden ver a Dios, sí podemos sentir Su presencia protectora. Dios, que es la Mente infinita y verdadera de todos nosotros, nos guía con pensamientos espirituales.
Esto lo pude comprobar hace algunos años en un ómnibus. Yo iba de pie, y en determinado momento sentí el impulso de mirar mi cartera, que colgaba de mi hombro. Allí me di cuenta de que un hombre tenía la mano metida en ella. Al ver que yo lo había descubierto, dejó caer mi billetera al suelo y bajó rápidamente del ómnibus.
En ese momento sentí un profundo agradecimiento por el cuidado de Dios,
porque sabía que esa indicación de darme vuelta había provenido
de Él. Pero mi agradecimiento fue aún mayor al bajar del ómnibus.
Allí me encontré con una amiga que también practica la
Christian Science y que viajaba en el mismo ómnibus que yo. Ella había
presenciado lo ocurrido y me comentó que cuando se dio cuenta de que
esa persona quería robarme comenzó a orar. Me dijo que declaró
en silencio que en la creación de Dios no hay criaturas que hagan daño
a otros, porque el Amor divino nos abraza, sostiene y protege. Ese sentido espiritual
de lo que realmente está ocurriendo bajo el gobierno de Dios, bastó
para prevenir el robo.
Hoy me doy cuenta más que nunca de lo importante que es mantener presente quiénes somos todos, tal como Dios nos ha creado. Mary Baker Eddy dice en Ciencia y Salud: "Toda realidad está en Dios y Su creación, armoniosa y eterna. Lo que Él crea es bueno, y Él hace todo lo que es hecho".2
De esta manera, cuando cultivamos el sentido espiritual, manteniendo nuestros pensamientos en armonía con la Verdad, especialmente al enterarnos de hechos de violencia en la ciudad, estamos colaborando para disolver el temor, la inseguridad y la deshonestidad. Esto ayudará a cambiar el sentido que tenemos de nuestra ciudad y ver que siempre ha estado bajo Su permanente brazo protector.
1 Salmo 91:1, 5, 9. 2 Ciencia y Salud, pág. 472.
Desde niña había padecido de una severa desnutrición, desarreglos glandulares y agudos dolores de cabeza. Se me había diagnosticado que iba a tener que mantenerme con medicación y vitaminas para siempre, aunque en mi interior me rebelaba contra este diagnóstico.
Cuando comencé a leer Ciencia y Salud, aunque mucho de lo que leía me parecía contradictorio, después de las lecturas experimentaba una sensación de animación seguida de mucha serenidad. Tenía la esperanza de llegar a poder prescindir de los medicamentos. De modo que seguí leyendo el libro junto con las Lecciones Bíblicas semanales que se publican en el Cuaderno Trimestral de la Christian Science.
Hubo pasajes de Ciencia y Salud que se quedaron en mí. Uno de ellos dice: "Levantaos en la fuerza del Espíritu para resistir todo lo que sea desemejante al bien. Dios ha hecho al hombre capaz de eso, y nada puede invalidar la capacidad y el poder divinamente otorgados al hombre" (pág. 393). También, una parte de la definición del hombre creado por Dios, en la página 475, que dice: "El hombre es idea, la imagen, del Amor; no es físico".
Comencé a experimentar libertad y confianza, y a sentir una mayor salud, fortaleza, fe y amor, en mis relaciones con los demás, en la casa, el trabajo y los deportes.
Una mañana, al toparme con un frasco de pastillas que tenía al lado de la cama, me dije: "Verdaderamente, no creo que estas pastillas le puedan hacer nada bueno al cuerpo físico". De inmediato sentí como un "plop" en los oídos, al mismo tiempo que recordaba que nuestro verdadero ser es espiritual, no en un cuerpo material.
Desde ese incidente, las molestias que padecía de desarreglos grandulares y de desnutrición desaparecieron. Llegué a darme cuenta de que lo que principalmente me alimentaba eran los pensamientos de Dios.
Los agudos dolores de cabeza también fueron desapareciendo gradualmente, todo esto en el término de unos ocho meses, y no recuerdo haber tomado más medicamentos.
Poco a poco, cambió el curso de mi vida, y hoy veo que ha sido más productiva y dependiente de valores espirituales.
La completa confianza en el poder de Dios para mantenernos bien y experimentar desarrollo espiritual es posible para todo aquel que tiene acceso al libro Ciencia y Salud. No hay nada que se pueda comparar al hecho de aprender que nuestra verdadera identidad es espiritual porque somos hijos de Dios, y que Él nos otorga la capacidad de mejorar y avanzar en la vida, y ser así de un mayor servicio a la humanidad.
Clara
E. Guerrero Navarro
Cuernavaca, Morelos, México
MIRANDO UNA de las series de televisión más populares en el Río de la Plata, me di cuenta de que los personajes se irritaban con inusitada frecuencia. Todos parecían tener un motivo para ofenderse, levantar la voz y marcharse apresuradamente. Eso me hizo pensar cómo muchas veces nos vemos tentados a actuar de esa misma manera tan torpe, dejándonos dominar por la ira, el malhumor o la irritación.
Si bien algunas reacciones humanas parecen mínimas cuando las comparamos con la violencia que parece imperar en el mundo, ¿no tienen éstas su origen en la misma clase de pensamientos que, inflamados, llevan a males mayores, incluso a matar? Muchos anhelan encontrar protección contra la violencia física y mental. Y también muchos la están encontrando al apoyarse en las leyes bondadosas de Dios.
Estas leyes, que la Biblia enseña a vivir expresando cualidades como
la bondad, el amor, la paciencia y la mansedumbre, nos permiten triunfar sobre
las pasiones humanas; porque ya están incluidas en cada uno de nosotros,
como hijos amados de Dios. La Biblia nos amonesta para nuestro bien diciendo:
"Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia,
y toda malicia".1 Para que estas cualidades salgan a luz, es necesario
que las reclamemos --porque realmente ya nos pertenecen-- y que pacientemente
las cultivemos cada día.
Dos experiencias que viví en relación con este tema --separadas por algunos años--me enseñaron lecciones muy valiosas.
La primera de ellas comenzó mientras me estaba bañando y me di cuenta de que el agua no corría normalmente. Al principio pensé que había alguna obstrucción en la cañería, pero no tardé mucho en enterarme de que la vecina de la casa de abajo nos había tapado los caños intencionalmente. Fui a hablar con ella. En pocos momentos estábamos enfrascados en una acalorada discusión. Traté de convencerla a viva voz de que no tenía derecho a hacernos eso. Todos mis esfuerzos fueron en vano. Ella estaba convencida de que tenía una buena razón para hacer lo que había hecho. Cuando llegó mi hermano, le expliqué la situación. "Yo voy a hablar con ella", me dijo con calma. Parado ante la ventana, escuché asombrado la conversación. Las suaves palabras y serena persuasión de mi hermano hicieron que mi vecina cambiara de actitud casi de inmediato y accediera a destapar los caños. Entonces me di cuenta de que todo el alarde de fortaleza que yo había hecho, toda aquella supuesta demostración de un carácter fuerte y enérgico, era en realidad debilidad, y no había logrado nada. Vi también que las cualidades cristianas de humildad, paciencia y serenidad que mi hermano había expresado casi sin levantar la voz, eran fortaleza espiritual y habían traído una solución armoniosa a la situación.
La Sra. Eddy escribe en Escritos Misceláneos: "El orgullo humano es debilidad
humana. El conocimiento de sí mismo, la humildad y el amor son fortaleza
divina".2
La segunda experiencia tuvo lugar años más tarde. Una noche, estaba parado hablando por teléfono, con un brazo apoyado sobre el hombro de un compañero de trabajo que estaba sentado delante de mí. De pronto, y sin mediar palabra, mi compañero se dio vuelta y me aplicó un violento golpe en el estómago. "Para ser una broma pareció ser un golpe bastante fuerte", pensé, aunque no sentí dolor alguno. Casi de inmediato, recibí otro golpe aún más fuerte. Entonces me di cuenta de que mi compañero se había molestado en serio, aunque yo no encontraba razón alguna para ello. En ese momento no tuve ninguna inclinación a reaccionar, ni sentí indignación alguna. Tampoco sentí dolor, ni me sentí sofocado por los golpes. Me sentí absolutamente protegido y a salvo. Simplemente terminé de hablar por teléfono y me retiré sin pedir explicación. Luego agradecí a Dios por Su cuidado, que nos había protegido a mi compañero y a mí. En ese momento pensé en Jesús que, cuando una multitud indignada procuró despeñarlo, simplemente "pasó por en medio de ellos y se fue".3 Me di cuenta de que el no reaccionar había sido una muestra de fortaleza y no de debilidad.
Aunque en el momento no tuve inclinación a reaccionar, en los días
siguientes llegué a sentirme muy molesto por lo que había pasado.
Tuve que enfrentar pensamientos de resentimiento y deseos de vengarme, que pretendían
quitarme mi paz. Pero insistí mentalmente en que el mal, cualquiera sea
su disfraz, no es persona alguna, y que el hombre por ser hijo de Dios jamás
puede ser víctima o instrumento del mal; y esta manera de pensar me ayudó
a dominar los pensamientos de autojustificación e indignación.
Si bien muchos hemos aprendido lo acertado de ser buenos y humildes, nuestra protección contra la violencia y las reacciones violentas, nuestra verdadera respuesta a ellas, nos exige algo más. La ingenua actitud de que "todo va a estar bien", no es suficiente. La prueba de que estamos a salvo bajo el cuidado de Dios nos viene calladamente. Cuando las diferentes formas de violencia se nos presentan como chismes y envidias, enfermedades, o accidentes, tenemos a mano a Dios y Sus leyes de amor, que nos identifican a todos como Sus hijos.
La Biblia nos dice que, luego de que Jesús sanó en un día de reposo a un hombre que tenía una mano seca, los escribas y los fariseos "se llenaron de furor y hablaban entre sí qué podrían hacer contra Jesús". Más adelante dice que "en aquellos días él fue al monte a orar y pasó la noche orando a Dios".4 Es decir, Jesús no ignoró meramente el asunto. Conociendo los pensamientos de odio contra la Verdad, él les hizo frente y los venció. Si Jesús, el Maestro, lo hizo, ¿qué menos puede esperarse de nosotros?
Si deseamos sentirnos seguros frente a la violencia y los conflictos no podemos darnos el lujo de estar distraídos. Todos podemos cultivar una actitud de pensamiento alerta y vigilante, y encontrar una defensa espiritual contra la violencia, al recurrir continuamente a Dios, que nos hace partícipes de Sus leyes de paz que disuelven todo peligro.
1 Efesios 4: 31. 2 Escritos Misceláneos, pág. 358. 3 Lucas 4:30. 4 Lucas 6:11, 12.
ESTUDIO en un colegio militar donde siempre estamos muy ocupados con muchas actividades y practicamos muchos deportes. Hace unos dos años, durante un partido de básquetbol, salté para agarrar un rebote y cuando bajé al suelo me doblé el pie y me caí. De inmediato mis compañeras vinieron a atenderme y me ayudaron a levantarme. Les pedí que me dejaran permanecer sentada por un momento, y les dije que estaba muy bien. Mis amigas no comprendían lo que estaba pensando. Yo sabía que Dios me estaba ayudando y cuidando ahí mismo. Pero ellas querían ayudarme de la manera que consideraban mejor.
Cumpliendo con las reglas del colegio fui a la enfermería, donde un médico me examinó el pie y me dijo que tenía que ir al hospital para que me pusieran un yeso. El pie me dolía mucho, así que me comuniqué con mi padre y le pedí que me viniera a buscar a la escuela.
Cuando llegué a casa llamé por teléfono a una practicista y le pedí que me ayudara con la oración, dándome tratamiento en la Christian Science. Me insistió en que Dios es el único poder y la única fuerza verdadera. Me explicó también que Dios es quien me sostiene, y que mi ser verdadero es perfecto y espiritual y es mantenido por Dios. Me las arreglé para regresar a la escuela por la tarde ese mismo día, pero mis compañeras querían que fuera al hospital.
La practicista continuó ayudándome mediante la oración, y yo estudié este pasaje de la Biblia: "No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia" (Isaías 41:10). Yo tenía total confianza en el poder sanador de Dios. No tenía necesidad de faltar al colegio. Agradecí a mis compañeras por su interés, pero me apoyé totalmente en el tratamiento de la Christian Science.
A los tres días el pie estaba mucho mejor. Podía ponerme los zapatos y caminar con cuidado. Continué orando con la idea de que Dios sostenía mis pasos, y esa misma semana el dolor desapareció y pude caminar normalmente otra vez. Había sanado por completo.
Dos semanas después, el día de la Independencia, marché en el desfile con el grupo de mi escuela. Estuve de pie durante varias horas, con zapatos de taco alto (que eran parte del uniforme), marchando cerca de un kilómetro por una ruta.
Estoy muy agradecida a Dios por ésta y muchas otras curaciones, y por los practicistas de la Christian Science por su devoción y disposición de ayudarnos.
Carolina
Machado Flesch
Florianópolis, SC,
Brasil