Hace unos años, cuando entré en la práctica pública de la Ciencia Cristiana con frecuencia tenía temor de no poder pagar las cuentas de la familia. No teníamos ahorros, uno de nuestros hijos estaba en la escuela primaria y otro en la secundaria; teníamos una hipoteca, gastos de comida y servicios públicos, y varios miles de dólares de deuda en la que había incurrido antes de entrar en la práctica.
Cada vez que llegaba una cuenta en el correo sentía miedo. A menudo simplemente ponía esos sobres en el cajón de mi escritorio, con la esperanza de poder dejarlos para un mejor momento.
Una noche, a eso de la una de la mañana, me desperté muy preocupado por las finanzas. Abrí el cajón donde tenía los sobres de las cuentas sin abrir e hice una selección. Había muchos duplicados, muchos primeros y segundos avisos de las compañías de servicios y, para mi consternación, un tercer aviso de nuestra cuenta de agua corriente. De hecho, nos cortarían el agua a las ocho esa misma mañana si no pagábamos la cuenta. Miré la cantidad; en nuestra cuenta de cheques teníamos la cantidad justa para pagarla, pero me resistía a usar el dinero porque el temor me decía que si lo hacía no me quedaría nada.
Superé esa resistencia y de prisa me fui en nuestro automóvil a la compañía de agua corriente. Deposité el sobre con nuestro pago en el depósito de pagos nocturnos. Escribí en el sobre con grandes letras rojas: “NUESTRO PAGO ESTÁ ADJUNTO, POR FAVOR, NO NOS CORTEN EL AGUA”.
Cuando llegué de regreso a casa me prometí a mí mismo que jamás volvería a permitir que el temor me impidiera enfrentar mis responsabilidades. Nunca jamás permitiría que el temor sugiriera que yo haga conmigo lo que ese mismo temor, por su cuenta, carecía de poder para hacerme: despojarme de mi inocencia, sabiduría y amor, por ser uno de los hijos de Dios.
Durante las horas siguientes revisé toda la correspondencia que no habíamos abierto. Arrojé a la basura las cuentas duplicadas, puse en orden de prioridad las que quedaron y luego oré para eliminar el temor de no poder responder a esas obligaciones. Me pregunté: “¿Acaso puede faltarle algo a Dios? Si la escasez no forma parte de la existencia de Dios, puede Él, con toda justicia, crear a Sus propios hijos sujetos a la escasez? Por ser uno de los hijos de Dios, ¿puedo acaso encontrarme en una posición donde no tenga los medios prácticos para probar que la escasez no puede controlar mi existencia?”
A medida que oraba en busca de comprensión y guía para saber cómo enfrentar mis finanzas, ahora que no estaba recibiendo un sueldo específico, me di cuenta de que había verdades básicas acerca de Dios que, lejos de ser declaraciones frías e impracticables, eran estatutos tiernos y afectuosos que estaban disponibles para ayudarme allí mismo donde me encontraba esa mañana. Por ejemplo:
Lo que comprendí acerca de la unicidad de Dios me permitió ver que no existen dos universos: el espiritual y aquel en el que yo parecía estar en ese momento. Sólo existe el espiritual, que es de Dios. Y cuanto más claramente comprendemos que Dios es el Principio divino y confiamos en Él debido a esta comprensión, más vemos el reino de bondad y justicia de Dios.
También percibí que Su universo no se basa en tener que elegir entre alternativas que compiten entre sí. Cada aspecto de la creación de Dios tiene que tener valor. Cada uno debe tener Ia provisión necesaria para su existencia. Esta existencia no es mezquina, sino completa; no depende de que otra parte de la creación renuncie a parte de su lugar y provisión. Por lo tanto, humanamente hablando, yo podía tener la expectativa de pagar todas mis cuentas.
La infinitud del amor de Dios me demostró que la provisión espiritual —la base de lo que percibimos como respuesta a nuestras necesidades— tiene su fundamento en un Dios ilimitado. Todo lo que se necesita para mantener el universo espiritual por siempre en equilibrio está disponible sin ninguna posibilidad de que se agote o disminuya. Los medios para pagar mis cuentas tenían que estar allí. No se detuvieron cuando dejé de recibir un cheque de pago.
El hecho de que Dios es Mente me permitió percibir que en Su universo no hay desperdicio, sino abundancia. No obstante, la sabiduría y la inteligencia indican que dicha abundancia responde plenamente a una necesidad, no se trata de una abundancia que permite extravagancias y abusos. Este entendimiento me permitió distinguir mejor entre las necesidades legítimas y los deseos egoístas.
También empecé a ver que, así como Dios es mi fuente de provisión, Él es también la fuente de provisión de todos mis acreedores. Yo no estaba tratando de escapar de mis obligaciones, sino liberarme de un sentido falso de responsabilidad para poder mantener mi pensamiento centrado en lo que es verdad espiritualmente.
Aquella mañana fue el momento decisivo para mí en nuestra demostración de provisión. Las cosas no cambiaron de la noche a la mañana, pero cambiaron. En unos pocos años nos pusimos al día con nuestras cuentas, y eliminamos por completo nuestra considerable deuda.
Durante esa época fue importante saber que mi familia y yo no éramos ciudadanos de segunda clase por haber decidido confiar en Dios. ¿Cómo puede uno ser una víctima por obedecer la enseñanza más importante de la Biblia que dice que Dios está sobre todas las cosas, que Dios es bueno y es la fuente de todo el bien?
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”. 1 Estos versículos se transformaron en un báculo en que apoyarme en muchas ocasiones.
Durante los días que siguieron, a medida que oraba para comprender mejor qué es la dignidad, me vino la idea de escribirles a nuestros acreedores y explicarles lo que estaba haciendo, que yo no estaba tratando de librarme de pagarles el total de la deuda. Me sorprendió la respuesta. Recibí unas pocas cartas generadas por computadora, pero también recibí verdaderas cartas y llamadas telefónicas de personas expresando su comprensión y apoyo y ofreciéndose a ayudarme en todo lo que pudieran. Comencé a ver algo de la totalidad del universo de Dios actuando como un todo coordinado. La mentira de que perdería mi dignidad e integridad comenzó a desaparecer, y el progreso empezó a manifestarse aún más rápidamente.
Descubrí que durante ese período lo que me resultó más útil fue examinar constantemente mi pensamiento. Cada vez que me venía la sugestión de pobreza, injusticia, de ser una víctima o de que todo esfuerzo sería inútil, de inmediato me tomaba el tiempo para corregir esos pensamientos perversos. Oré para comprender más claramente que lo que tenía que ser cierto acerca de Dios era, por lo tanto, verdad acerca de Su imagen y semejanza, el hombre, quien era y es mi verdadera identidad. Si el razonamiento mortal decía que yo tenía el tiempo para contemplar una sugestión perversa, yo sabía que tenía el tiempo para corregirla con la verdad de Dios, sin importar donde estuviera o lo que estuviera haciendo.
Comencé a percibir que, espiritualmente, la oferta y la demanda están siempre en equilibrio. Son dos formas de ver la misma cosa: la realidad de Dios. ¡Dios es! Esto se puede igualar a la provisión. Dios no puede evitar ser lo que es. Esto se puede igualar a la demanda. Dios es Amor. El Amor no puede evitar ser tierno. El Amor, y el amor del Amor están siempre en equilibrio.
Puesto que el hombre espiritual es la plena representación de Dios, el Alma, empecé a tener vislumbres de cómo el hombre se relaciona con este equilibrio entre la oferta y la demanda. Espiritualmente, la provisión del hombre debe ser la provisión de todo lo que hace que el hombre sea el representante completo de Dios. Percibí que cuando el argumento de escasez gritaba más fuerte, yo necesitaba comprender que yo ya era la expresión completa de Dios. Tenía que comprender que esta verdad se traducía en el gobierno práctico de mis asuntos financieros aquí mismo y ahora. Era muy claro para mí que mi Padre-Madre Dios me necesitaba para que fuera Su testigo correcto. “Dios os da Sus ideas espirituales, y ellas, a su vez, os dan vuestra provisión diaria”, escribe la Sra. Eddy.2
A medida que fui comprendiendo esto, los medios para que nuestra familia comiera y se vistiera de manera adecuada, para comenzar a pagar nuestras cuentas y poder quedarnos con nuestra casa, comenzaron a manifestarse. A veces la respuesta estaba en algo que éramos guiados a hacer. Otras veces, a medida que aprendí a desechar el orgullo falso y el ego, recibimos ayuda a través de la provisión de un afectuoso vecino, amigo o miembro de la iglesia.
Durante este período de crecimiento espiritual, también descubrí que había muchos conceptos equivocados acerca de la provisión y de la apariencia humana de provisión que necesitaban corrección.
Por ejemplo, me di cuenta de que la provisión y el temor no funcionan juntos. Puede ser correcto tener una cuenta de ahorros, inversiones o un fondo de pensiones, pero el manejo de ese tipo de provisión nunca debería hacerse por temor a que Dios no esté presente mañana para responder a nuestras necesidades.
Esta fue una de las lecciones que los hijos de Israel tuvieron que aprender cuando comenzaron su travesía en el desierto después que Moisés los sacó de la esclavitud. 3 Los israelitas no podían almacenar perdices o el maná. Tuvieron que aprender a depender de Dios a cada momento, y confiar en que Dios les proporcionaría todo lo necesario por la noche y a la mañana siguiente, de la misma forma que les había provisto lo necesario la noche y la mañana del día anterior. La sabiduría, no el temor de que Dios no esté allí presente mañana o el año siguiente, debe ser la base del manejo adecuado de nuestras finanzas.
Asimismo, yo tenía que asegurarme de que inadvertidamente no estuviera confiando en mis entradas de la práctica, las inversiones o los beneficios del gobierno, cuando tenía que confiar sólo en Dios. Él es siempre la fuente de todo lo que es real y bueno. El dinero, cualquiera sea su fuente, es simplemente un símbolo de la provisión que Dios tiene para nosotros.
Otro pensamiento ignorante acerca de la provisión al que tenía que asegurarme que no sucumbiría, es que la provisión surgiría como por arte de magia. Por supuesto, no es que esperara que aparecería un árbol lleno de dinero en el jardín de mi casa. Sino que yo no podía sentarme pasivamente y esperar recibir la provisión sin hacer nada. Tenía que trabajar activamente al máximo de mis habilidades —en mi caso, expresando mi comprensión de Dios a través de la práctica de la Ciencia Cristiana— a fin de ver en operación la provisión de Dios.
Aunque la apariencia humana de la provisión puede que a menudo tome la forma de dinero, yo también tenía que estar alerta para no caer en el hábito de ver la provisión sólo en forma de dinero. Me di cuenta de que al confiar en el razonamiento mortal en lugar de confiar en Dios, al insistir en la solución que yo pensaba que era la correcta, al someterme al orgullo o al falso sentido de responsabilidad, yo estaría limitando la aplicación de las leyes espirituales a un problema y, por lo tanto, estaría ciego a la solución divinamente inspirada que respondería a nuestras necesidades mucho mejor que cualquier cosa que yo pudiera prever humanamente. Necesitaba recordar que la provisión también tiene su apariencia humana en forma de comida, vestimenta, un lugar donde vivir, becas, subvenciones, regalos, intercambios, y tantos otros medios.
El último y gran mal entendido que desapareció en esa época fue el sutil argumento de que el número de posesiones materiales que se tienen son una indicación del valor relativo que tiene el amor de Dios por nosotros: el que tiene más, es más amado; o el que tiene más, comprende más.
Toda Su creación comparte de igual manera el Amor de Dios. Por lo tanto, el relativo mayor (o menor) no tiene ningún significado en la consciencia espiritual. Cada uno de nosotros, como idea completa que refleja al único Dios, posee lo que ese Dios tiene, nada más, ni nada menos. La edad, los antecedentes familiares, la experiencia educacional y el lugar geográfico no son factores en la demostración de las leyes espirituales de Dios.
La Sra. Eddy escribe en Escritos Misceláneos: “Dios es universal; no está confinado a ningún punto determinado, no está definido por dogma alguno, ni es propiedad de ninguna secta. No más para uno que para todos, Dios es demostrable como Vida, Verdad y Amor divinos; y Su pueblo son aquellos que Le reflejan —que reflejan el Amor. …Él guarda guía, alimenta y reúne las ovejas de Su dehesa; cuyos oídos están acordes a Su llamado”. 4
No nos cortaron el agua aquella mañana hace varios años atrás. Pero me he dado cuenta de que no me puedo dar el lujo de caer en un falso sentido de seguridad como si yo ya “hubiera hecho mi demostración de provisión”. La provisión es uno de esos conceptos que no se limitan a una sola demostración. Es tan vasto en sus implicaciones que necesitamos trabajar con él y profundizar nuestra comprensión de su fuente a diario.
—Timothy A. MacDonald
Publicado originalmente en el número de Marzo de 1990
de The Christian Science Journal.
1 Romanos 8:1, 2. 2 Escritos Misceláneos 1883-1896, pág. 307. 3 Véase Éxodo 16:11–21. 4 Escritos Misceláneos, págs. 150-151.