Hace poco, un amiga me comentó acerca del trabajo de oración que estaba haciendo por una persona que le había pedido ayuda mediante la curación cristiana. No me estaba contando nada que violara la confidencialidad, pero era la primera vez que tenía ese tipo de experiencia y le llamaba la atención cuánto había podido “poner al descubierto” mediante la oración. Me explicó que hablaba con frecuencia con el paciente sobre todas las cosas que era necesario corregir antes de que se produjera la curación.
No pude contenerme, y de pronto le pregunté si se sentiría defraudada si la curación se producía muy pronto. Nos reímos y ella entendió mi punto.
Tal vez tengamos que estar más preparados para la curación sin necesidad de dar tantos consejos o instrucción humana. Si bien la oración puede revelar tanto al paciente como al practicista hábitos de pensamiento que necesitan corregirse, la curación como se comprende en la Ciencia Cristiana, no se realiza hablando, ni con un sondeo psicológico de personalidad ni con la obligación de confesar pecados. Aunque el tratamiento en la Ciencia Cristiana parezca necesario por cierto tiempo, siempre se basa con firmeza en la oración que calladamente reconoce y responde a la única Mente, Dios; no se trata de una laboriosa actividad de la mente humana.
Al contestar una pregunta acerca de la curación, Mary Baker Eddy en una ocasión comentó: “Para sanar la enfermedad que le esté aquejando no es necesario hacer de cada paciente un discípulo, si es esto lo que usted quiere decir. Si así fuera, la Ciencia tendría menos valor práctico. Muchos de los que solicitan ayuda no están preparados para tomar un curso de instrucción en Ciencia Cristiana”. 1
En los principios de la curación mediante la Ciencia Cristiana, la gente que era sanada provenía de muchas religiones diferentes o de ninguna. Representaban diversos niveles de educación y de progreso moral y espiritual.
Un joven había recibido un disparo en el corazón y su familia y los médicos que lo examinaron esperaban que muriera. Él no sabía nada de la Ciencia Cristiana, había perdido el conocimiento de modo que no podía conversar con el practicista. No obstante, en pocos minutos después que comenzara el tratamiento mediante la oración, el joven revivió. Muy pronto había sanado por completo. Sin haber tenido ninguna charla sobre la teología de la Ciencia Cristiana, se despertó con el fuerte deseo de practicarla. Preguntó: “¿Es esto algo que puedo aprender y hacer por otros”. Posteriormente fue practicista de la Ciencia Cristiana. (Este relato se encuentra en Un siglo de curación en la Ciencia Cristiana, págs. 21 a 24. Un informe anterior de una curación similar se encuentra en Escritos Misceláneos, págs. 439 a 440.)
No hay duda de que los cristianos pueden y deberían alentarse los unos a los otros, ayudándose a volver el pensamiento a Dios. Un practicista de la Ciencia Cristiana puede compartir con los demás ejemplos, percepciones y verdades espirituales específicas. Tiene muchas razones para ser profundamente bondadoso, tierno y paciente. Sin embargo, cuando alguien le pide tratamiento a un Científico Cristiano, esa persona no está pidiendo un compañero ni un consejero sustituto, sino la oración que devotamente rodea a alguien con la verdad espiritual y radical de que Dios es todopoderoso y está siempre presente, de manera que excluye cualquier otra aparente fuerza o factor. Esta oración puede o no estar acompañada de recomendaciones para que se haga un estudio espiritual. A veces no es precedida por una conversación muy larga.
Recuerdo que en una ocasión yo tenía un dolor persistente. Una noche aumentó tanto que me hacía temblar. Era similar a una condición que había tenido hacía varios años y de la cual me había sanado mediante la Ciencia Cristiana en el lapso de una semana. Sin embargo, en esta oportunidad parecía más urgente. Aquella noche, hablé brevemente con un practicista para pedirle ayuda mediante la oración, y minutos después el dolor disminuyó y desapareció. Ese fue el fin del problema, hace unos veinticinco años.
Cualquiera sea el tiempo que tome la curación, su base verdadera no es la persuasión verbal ni la educación gradual, sino el hecho espiritual y científico de la realidad divina que lo abarca todo. Puesto que la realidad no incluye enfermedad, dolor ni mal, sino únicamente la bondad de Dios, este reconocimiento puede brindar un sentido muy diferente de las cosas a la experiencia humana. A menudo es necesario que tanto el practicista como el paciente adquieran un mayor crecimiento espiritual fundamental para alcanzar ese reconocimiento. Como escribe la Sra. Eddy, Fundadora de la Ciencia Cristiana: “Por medio del arrepentimiento, el bautismo espiritual y la regeneración los mortales de despojan de sus creencias materiales y de su falsa individualidad”. 2
Cristo Jesús habló de aquellos que cometían el error de pensar que Dios los escucharía por su “palabrería”. 3 Dios no necesita que se le informe de algo que Él nunca podría saber, como es que Su perfecta expresión, o imagen y semejanza, el hombre, pueda carecer de algo. De igual manera la única inteligencia del universo —Dios, o Mente— expresada en el hombre no tiene que ser convencida de algo. Y el hombre —es decir, nuestro verdadero ser y el ser real de aquellos por los que estamos orando— tiene una sola Mente.
Si cuando hablamos recordamos que nuestro hablar debe basarse en escuchar lo que Dios está diciendo, puede que encontremos que se requieren menos palabras humanas, un amor más eficaz, un concepto espiritual más inspirado y más curación.
—Allison W. Phinney, Jr.
Publicado originalmente en el número del 23 de mayo de 1988,
del Christian Science Sentinel.
1 Escritos Misceláneos 1883–1896, págs. 38–39. 2 Ciencia y Salud, pág. 242. 3 Mateo 6:7.