Imprima esta página
EXPLORAR – INSPIRAR – SANAR

Mejoremos el tratamiento metafísico

Muchas personas tienen el sincero deseo de dar un tratamiento espiritual mediante la oración que sea realmente eficaz, un tratamiento que sane. ¿Cómo podríamos hacerlo, y hacerlo mejor?

El tratamiento más poderoso no comienza con la suposición de que una condición preocupante en particular, por más persistente que sea su apariencia, es una realidad que debe ser de alguna manera rechazada. Comienza reconociendo a Dios, reconociendo Su naturaleza inmaculada y el cuidado perfecto que brinda a Su creación. Y el mejor tratamiento tiende a que nos mantengamos allí, con Dios. El tratamiento eficaz es una comunión con Él, es tener la certeza de que la realidad de Dios y Su linaje es pura y perfecta, y nos mantiene despiertos para que no durmamos y caigamos en el sueño de que hay vida en la materia.

El tratamiento práctico comienza en la cima de la montaña, con la certeza de la omnipresencia de Dios. Deja atrás el valle de las opiniones humanas y la evidencia del sentido físico. Desde el valle, miramos hacia arriba. Desde la cima de la montaña miramos hacia afuera. Al mirar hacia arriba desde el valle puede que pensemos que tenemos que subir una colina muy empinada —alguna enfermedad muy comentada en las noticias, una situación económica aparentemente desesperada, deprimentes perspectivas comerciales o una relación quebrantada— con la que tenemos que luchar y superar. Cuando miramos desde la cima vemos un panorama prometedor e infinito: la totalidad del Espíritu que excluye la materia y proscribe toda falta de armonía. ¿Qué puede ser más poderoso que eso?

La ética del tratamiento metafísico es exigente. En el capítulo “La práctica de la Ciencia Cristiana” de Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras por Mary Baker Eddy, leemos: “Es charlatanería mental hacer de la enfermedad una realidad —considerarla como algo que se ve y se siente— y luego tratar de curarla por medio de la Mente. No es menos erróneo creer en la existencia real de un tumor, un cáncer o pulmones deteriorados, mientras abogáis contra su realidad, que para vuestro paciente sentir esos males en la creencia física. La práctica mental que considera que la enfermedad es una realidad, fija la enfermedad en el paciente, y es posible que aparezca en forma más alarmante”.1

El tratamiento que sana descarta todo aquello que tenga que ser sanado, dondequiera que se encuentre. Descarta enfáticamente que la enfermedad, la imperfección, pueda ser, en algún momento, el verdadero ser de alguien. El tratamiento ideal no es un procedimiento humano que se aplica durante cierto tiempo. Más bien, expresa que el poder divino está con nosotros todo el tiempo. El sanador cristiano está en comunión con Dios y percibe la naturaleza inmaculada de Su creación. Esta consciencia pura refleja la única Mente y es como un cristal claro, una ventana libre de obstáculos por la cual penetra la luz y la realidad de la Mente, Dios. Entonces viene la percepción de que nosotros realmente no hacemos nada, sino que es Dios el que hace todo y es Todo.

El tratamiento sanador que da frutos aprecia profundamente y se deleita en saber que la perfección de todo ser es un hecho actual vigente en todo el universo. No trata de ocuparse ineficaz y mentalmente de la materia o de manejar las situaciones humanas. Se regocija en la infinitud del cuidado que Dios, el bien, brinda a toda Su creación. No lucha simplemente con las creencias, sino que conoce la unicidad de la Mente y su idea espiritual. No se trata de un procedimiento humano, penoso o de otro tipo.

A veces, al referirse al tratamiento, puede que se use un lenguaje que revela un punto de vista que puede debilitar dicho tratamiento. En lugar de enfatizar, por ejemplo, el concepto de “trabajar en un problema”, sería más beneficioso que lo mejoráramos con la certeza de que necesitamos permanecer en la verdad; éste es un cambio significativo. O bien, podríamos afirmar que estamos trabajando por un problema manteniéndonos en la verdad, es decir, conociendo nuestra unidad con la Verdad, Dios. El tratamiento firme no se aferra al problema, sino que se aparta de él contemplando las realidades perfectas de todo ser. El tratamiento es mucho más exitoso y mejor a medida que elevamos nuestro pensamiento y dejamos de pensar que lo que hay que tratar es una condición física. Hasta que no lleguemos a ese punto, nuestro trabajo basado en la oración no estará completo.

El resistirse a ser atraído por un tratamiento que se centra en el cuerpo, mejora la oración sanadora. Digamos que un amigo nos pide ayuda metafísica porque tiene un problema en su pierna izquierda, y agrega que su espalda también necesita atención, además tiene una dificultad en la cabeza, ¡con todos los detalles! Esa especificación de síntomas puede ser muy natural desde el punto de vista de nuestro amigo. Pero el practicista tiene que estar alerta para que esos comentarios no desvíen su atención hacia la corporalidad. Toda tentación de querer aplicar algún yeso mental en la pierna o en otro lado, debe evitarse porque es un cambio en la dirección equivocada. Es cierto, puede que los supuestos problemas del cuerpo físico sean muy agudos y vívidos para el paciente, pero un cuerpo con problemas no debería ser una imagen vívida para aquel a quien se le pide tratamiento metafísico.

No deberíamos, y no necesitamos, imaginar la escena material. No imaginar ese cuadro nos ayuda a mantener la integridad espiritual de nuestra oración. Tratamos espiritual y científicamente la inflamación, una fractura, un sarpullido, o lo que sea, no como una condición que podemos imaginar, sino como un argumento falso acerca de la identidad como la semejanza incorpórea de Dios.

Disminuir y expulsar los temores del paciente es fundamental. Esto corre peligro si imaginamos mentalmente lo que el paciente cree que está mal. Ese no es un pensamiento propio del paciente, sino una creencia e imagen del pensamiento mortal en general, aunque parezca pertenecer al sufriente, quien tal vez sea muy gráfico al hablar al respecto. Si absorbemos imágenes coloreadas de lo que está mal, podemos poner en peligro nuestra tan necesaria temeridad y diluir nuestra confianza en el poder de Dios.

Mejoramos el tratamiento cuando insistimos en dejar de lado la información que proporcionan los cinco sentidos físicos que son los informadores engañosos y profetas falsos más grandes que existen. Aunque superficialmente estos cinco falsificadores parezcan tan inofensivos e inocentes como ovejas, para el sanador espiritual no lo son, pues sus descripciones y comentarios de las condiciones y problemas materiales pueden ser insistentes. La Biblia hace sonar la alarma: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”.2

Para que se produzca la curación, nos apartamos de la persuasión de los sentidos que afirman que el hombre de Dios es un mortal que vive y sufre en la materia. No deberíamos creer ni por un instante que tenemos que sacar al hombre fuera de la materia, o la materia fuera del hombre, puesto que esa nunca fue la situación ni lo es ahora. La verdadera identidad es espiritual, tiene su ser en el Espíritu. Tenemos que negar la historia que relatan los sentidos de que alguien pueda ser un mortal enfermo, y poner al descubierto la mentira de que él o ella sea una personalidad física alterada o que carece del bien. Esas sugestiones pueden ser sumamente destructivas si se piensa que son una realidad. Son la fuente de todos los males. El sanador, comprendiendo la naturaleza impecable de la creación de Dios, afirma que son totalmente falsas.

Puesto que el Cristo, la fuerza siempre presente de la Verdad sanadora, es la dinámica del tratamiento, éste va a donde necesita ir, aunque haya un continente de distancia entre el practicista y el paciente. No hay contracorrientes de la creencia mortal que puedan desviar de curso el tratamiento. La única influencia que está operando es la irresistible influencia del Cristo para bien.

El tratamiento basado en la espiritualidad y en la Ciencia —basado en la Biblia y como lo demostró Cristo Jesús— expresa confianza cualesquiera sean los desafíos que proyecte el sentido mortal. Siempre hay una solución humana, porque hay una solución divina. La solución es, esencialmente, la totalidad y el poder de la Deidad. Eso es lo que desenmaraña la complejidad mortal. Al mejorar con total confianza el tratamiento defendiéndolo bien, es útil esta indicación: “Tenemos que compenetrarnos de la habilidad del poder mental para contrarrestar los conceptos humanos erróneos y para reemplazarlos con la vida que es espiritual y no material”.3

El tratamiento firme no incluye ninguna creencia humana débil, ni meros pensamientos agradables positivos, sino ideas poderosas que provienen de Dios y están en Él, y nada puede frustrar su propósito. El poder mental que sana no se genera dentro de la consciencia humana; es el resultado de la única Mente todopoderosa, Dios. Armados de verdadero poder mental —la presencia real de la Mente eterna— podemos ser testigos de la perfección de la que la Mente es un testigo constante. Y cuando somos testigos de la Verdad la situación se manifiesta ante la opinión humana en forma de curación.

—Geoffrey J. Barratt
Publicado originalmente en el número de Agosto de 2000
del Christian Science Journal.

1 Ciencia y Salud, pág. 395. 2 Mateo 7:15. 3 Ciencia y Salud, pág. 28.

Share
Share
Tamaño del texto
© The Christian Science Publishing Society. All rights reserved.
Todos los derechos reservados. Términos de Uso.  |  La Cruz y la Corona  |  Contáctenos