por Gail Menschel
La humanidad ansía tener salud. Como Mary Baker Eddy señaló: “…la mente mortal está clamando por aquello que sólo la Mente inmortal puede proveer” (Escritos Misceláneos, pág. 365). Más allá del deseo de tener buena salud física, lo que más se necesita es una profunda regeneración espiritual que produzca una curación completa; es decir, se necesita el toque transformador del Cristo.
No es de extrañar que el magnetismo animal, o sea, el pensamiento que se opone a la curación mediante el Cristo, trate de impedir que el pensamiento reconozca que esta ayuda ya está aquí presente, a través del tratamiento en la Ciencia Cristiana. El magnetismo animal trata de mantener a la humanidad mesmerizada por la creencia de que el mundo está compuesto de materia y medicina material. Este punto de vista erróneo del mundo rechaza el valor y la excelencia de la medicina de la Mente divina.
No obstante, el valor espiritual de la oración científica no tiene precio. El tratamiento en la Ciencia Cristiana pone de manifiesto nuestra individualidad espiritual, ilimitada y radiante, en vez de dejarnos prisioneros de las creencias de la mortalidad finita. El tratamiento en la Ciencia Cristiana purifica nuestra consciencia. Normaliza y equilibra todos los aspectos de la experiencia de nuestra vida, no simplemente la salud física. La Palabra de Dios es, como describe el Apóstol Pablo, “viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12). Cuando alguien experimenta aunque sea un destello de tal transformación a través del tratamiento en la Ciencia Cristiana, sabe en los más profundo de su ser que este regalo tiene un valor inmensurable.
Las sugestiones que impiden a la gente reconocer el valor del tratamiento en la Ciencia Cristiana, pueden ser muy sutiles. Por ejemplo, el practicista que está dando el tratamiento puede sentirse renuente a cobrar por su trabajo, o el paciente tal vez se sienta indiferente de pagar por la ayuda que recibe.
La resistencia a valorar este tratamiento también puede manifestarse en mayor escala. Por ejemplo, en algunos países es ilegal enviar la cuenta por un tratamiento espiritual o llamarse sanador si no es un doctor en medicina (en cuyo caso, por supuesto se debe cumplir con tales leyes mientras estén en vigencia). También, en muchas culturas está muy arraigada la creencia de que orar por alguien debe ser gratuito, y cuando alguien cobra por un tratamiento, su verdadero cristianismo es puesto en tela de juicio. Finalmente, existe una forma de pensar muy agresiva que insiste en que la gente no tiene suficientes recursos como para pagar un tratamiento en la Ciencia Cristiana. Estas sugestiones implican que es imposible que un practicista de la Ciencia Cristiana pueda vivir de su práctica.
No importa la parte del mundo en que vivamos, lo que más se necesita para contrarrestar estas sugestiones, es valorar en silencio y conscientemente la Ciencia Cristiana en nuestras oraciones diarias. Dicha oración actúa como una levadura, elevando constantemente el pensamiento de la humanidad para que pueda percibir el valor y la eficacia de este sistema de curación divinamente inspirado.
Una parte esencial de la visión que tenía Mary Baker Eddy para su movimiento era que la sociedad valoraría el tratamiento en la Ciencia Cristiana de manera práctica. Podríamos decir que ella consideraba que esta profesión se había establecido en la economía diaria como parte del designio del Amor para el progreso de su Causa. De hecho, ella aprendió esto por experiencia propia, y lo explicó de la siguiente manera: “Cuatro años después de mi descubrimiento de la Ciencia Cristiana, mientras no recibía remuneración alguna por mis esfuerzos ni por sanar toda clase de enfermedades, me vi frente al hecho de que no me quedaban recursos para alquilar un salón donde poder hablar o para establecer un hogar de la Ciencia Cristiana para estudiantes necesitados, lo que anhelaba hacer; ni siquiera tenía medios para cubrir mis propios gastos diarios. Por lo tanto, fui obligada a hacer un alto.
“Yo había echado todo lo que tenía en el arca de la Verdad, pero, ¿dónde estaban los recursos con los cuales llevar adelante la Causa?” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 214).
Aunado a la idea tan clara que ella tenía de que los practicistas de la Ciencia Cristiana debían cobrar por su labor como cualquier otro profesional, estaba el énfasis que ella ponía en el hecho de que esta profesión requería de extrema concentración de pensamiento. Como le escribió a su alumna Mary Eaton en el año 1900: “Nuestras iglesias brotan espontáneamente del suelo de cultivo de la curación —pero yo sé que el sanador necesita todo su tiempo para hacer lo mejor posible al cuidar de los pacientes. Elevar la mente por encima del dolor, la enfermedad y la muerte es muy absorbente, y cuando estoy en la práctica yo no puedo prestar atención a nada más” (L04317, Mary Baker Eddy to Mary Eaton, October 26, 1900, The Mary Baker Eddy Collection, The Mary Baker Eddy Library).
En respuesta a una pregunta sobre cómo deberían mantenerse los Científicos Cristianos que se dedican a la práctica, la Sra. Eddy respondió: “No se debe esperar de ellos, como tampoco se espera de otras personas, que dediquen todo su tiempo al trabajo de la Ciencia Cristiana sin recibir retribución alguna, dejándose alimentar, vestir y amparar por la caridad. Tampoco pueden servir a dos señores, dedicando sólo parte de su tiempo a Dios, y aún ser Científicos Cristianos. Deben darle a Él todos sus servicios, y no deber ‘a nadie nada’. Para hacer esto, deben en la actualidad fijar una cuota adecuada por sus servicios, y luego concienzudamente ganar sus honorarios, practicando estrictamente la Ciencia Divina, y sanando a los enfermos” (Rudimentos de la Ciencia Divina, pág. 13-14).
Este requisito para los practicistas públicos de “darle a Él todos sus servicios”, se convirtió en una regla para su iglesia. En 1904, la Sra. Eddy agregó un nuevo Estatuto al Manual de la Iglesia estableciendo que aquellos que se anuncian como sanadores no podrán “[ejercer] otras profesiones o [seguir] otras vocaciones” (pág. 82). Los practicistas que se anunciaran en el Journal no debían tener ingresos procedentes de otro trabajo. Ciertamente, esto nunca pudo haber sido impuesto como un castigo. ¡Más bien, ella esperaba que una práctica dedicada y una Iglesia con numerosas obras de curación, tendrían como resultado una sociedad que reconocería el valor de este sistema de curación!
Esta expectativa nunca disminuyó. En su último año de vida, ella fue advertida por su secretario, William Rathvon, de que muchos de sus alumnos no habían aumentado sus honorarios en 25 años. Le comentó que él creía que “el mundo piensa que los Científicos Cristianos no valoran sus tratamientos, porque cobran muy poco por ellos” (William Rathvon reminiscences, December 24, 1909, The Mary Baker Eddy Library). La respuesta de Mary Baker Eddy fue categórica, y ese mismo día firmó la siguiente notificación: “Los practicistas de la Ciencia Cristiana deberían cobrar por sus tratamientos los mismos honorarios que cobran los médicos de buena reputación, en sus respectivas localidades” (La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 237).
Este norma está balanceada por el Estatuto sobre las reducciones y la benevolencia (véase Manual de la Iglesia, pág. 46-47). De hecho, cuando observamos el círculo completo de dar y recibir en la relación practicista-paciente, podemos sentirnos seguros de que todo está gobernado por la ley del Amor y, por lo tanto, no incluye carga ni carencia. Cualquiera sea la situación, cuando nuestro móvil es el amor por Dios y el hombre, el Amor divino encuentra la manera de que se brinde la ayuda y se reconozca su valor.
Los honorarios del practicista ofrecen una forma de expresar gratitud. Y la gratitud es el reconocimiento de la presencia y del poder de Dios que da testimonio de la Vida. Para un mundo que anhela tener buena salud, esta gratitud es un faro indicando que la curación mediante el Cristo es una ayuda siempre presente –eficaz, valiosa y apreciada.
Gail Menschel es practicista de la Ciencia Cristiana, y vive en Groton, Massachusetts, Estados Unidos. Es supervisora de los anuncios de practicistas en el Directorio del Christian Science Journal.