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Modestia y majestad

© Photostogo.com. Ilustración digital: Viviane Stonoga/Duetto

Esta Navidad, el mejor regalo que puede dar a la sociedad es usted mismo, como sanador. Algunas personas están pensando seriamente en este compromiso público. Otras tienen dudas. Lo que no quiere decir que no sería una forma maravillosa de dar. Por supuesto que sería. Pero a veces la impresión que se tiene de Cristo Jesús, de Mary Baker Eddy y de algunos Científicos Cristianos, puede cohibir a los que se sienten inseguros.

La razón de esta duda puede que radique en la tendencia que se tiene a comparar. Tal vez recordemos a grandes conferenciantes, maestros, escritores y sanadores en el movimiento, y pensemos: “¿Cómo podemos nosotros hacer lo que ellos han hecho, o lo que la Sra. Eddy hizo como sanadora cristiana? ¿Y qué decir de sanar cómo Cristo Jesús? ¡Imposible!” Es probable que dudemos porque no hemos tenido en cuenta lo que se podría llamar el complemento modestia/majestad.

Las comparaciones nos apartan del camino con facilidad, en especial cuando comparamos nuestros esfuerzos relativamente modestos con la majestad de lo que han hecho los demás. Cristo Jesús sería el ejemplo clásico. ¿Qué piensa usted de él? Es muy probable que empiece con la descripción que ofrece la Biblia. Virtualmente lo pone en un pináculo, ungido y nombrado por Dios mismo.

Es muy natural pensar que Jesús, quien alimentó a miles de personas, es el perfecto demostrador de poder. Abrió los ojos de los ciegos. La lepra desaparecía cuando la tocaba. Lidió con gran habilidad con los refinados fariseos, así como con la barbarie de una multitud. Resucitó a la gente. No es fácil pensar en Cristo Jesús de otra forma que no sea en términos absolutos. Es difícil no verlo como otra cosa que no sea un gigante espiritual. ¿Cómo podríamos pensar literalmente en seguir su ejemplo? Y sin embargo, eso es lo que él pidió; de hecho, él esperaba que hiciéramos “aun mayores obras”. 1

¿No cree que esta fuerza y este poder, esta fortaleza y este dominio espirituales, apuntan más hacia el Cristo? Puede que Jesús haya sido mejor conocido por su humildad. ¿Será posible que lo caracterizara ese candor y, tal vez, esa naturaleza práctica y realista? ¡Quizás haya hecho algunos trabajos de carpintería entre una curación y otra!

Jesús era inseparable del Cristo. No obstante, si pensamos en el hombre humano en términos tan colosales, puede que lo perdamos de vista. Esas obras maravillosas de las que habla la Biblia ilustran el efecto del Cristo. Y la humilde calma que Jesús expresaba revela a una persona con suficiente pureza de ánimo como para recibir al Cristo. Jesús fue el sirviente absoluto. Lo llamamos Maestro, pero él vivió como un sirviente. Era más probable encontrarlo partiendo el pan en un hogar humilde, que dando una charla sobre temas intelectuales en una universidad. Hablaba la lengua de pescadores y granjeros. Preparaba el desayuno. Lavaba los pies. No siempre lo respetaban. Se burlaron de él, le escupieron y fue ejecutado como cualquier criminal. La vida de Cristo Jesús fue una combinación sublime de humildad y poder, de lo humano y lo divino, del hombre Jesús y la divinidad del Cristo.

Si tratamos de imitar a Jesús como a una persona humana poderosa, no lograremos mucho. Pero si logramos obtener una vislumbre de la modestia de su vida, es posible seguir su ejemplo. Y el poder del Cristo es tan real para nosotros como lo fue para él.

Esta coincidencia entre la modestia de Jesús y la majestad del Cristo, puede enseñarnos algo fundamental. Nos puede dar el valor para ser sanadores. No necesitamos tener una vida humana majestuosa. La modestia, como la expresó Jesús, es suficiente. Es ese entregarse al Cristo lo que llena de grandeza al que es humilde. Es el Cristo que expresamos y que nos permitirá demostrar lo que la Sra. Eddy llama “la majestad de la mansedumbre del Principio del Cristo”. 2

Si usted ha observado la vida diaria de cualquier persona que cedió al Cristo, puede que haya percibido mucha de la modestia que usted mismo ya expresa. En cierto sentido, el mejor sanador de la Ciencia Cristiana puede ser la persona más común y normal de la tierra. No obstante, debajo de esa normalidad hay una receptividad que recibe con agrado el poder del Cristo sanador, y acepta toda oportunidad de expresarlo como un regalo para el mundo.

Tal vez usted siga siendo una persona muy modesta, pero la majestad del Cristo que usted manifiesta cambiará el mundo.

1 Juan 14:12. 2 La Primera Iglesia de Cristo, Científico, y Miscelánea, pág. 149.

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