El cuidado de Dios nos libra de la influenza porcina
Rosalie E. Dunbar
Debido a los de casos de influenza porcina que han surgido en varias naciones, se han recomendado restricciones de viaje y las autoridades de salud pública en cada país están tomando las medidas consideradas esenciales para proteger a los ciudadanos. Algunos titulares sólo aumentan el temor, y es importante responder a la preocupación de que la situación pueda transformarse en una pandemia mundial. También es sabio no ignorar la condición misma, sino más bien enfrentar esos informes usando como antídoto una oración firme y vigorosa.
La Biblia ofrece antídotos tanto contra el temor como la enfermedad, y el Salmo 91 es muy bueno para ello. Uno de sus pasajes responde a la incertidumbre que puede provocar la influenza, particularmente si la gente no sabe si ha estado expuesta al virus o cómo mantenerse a salvo. Al referirse a la vida bajo el cuidado de Dios, el salmo afirma: “No tendrás temor a las enfermedades que lleguen en la oscuridad ni al repentino desastre que ocurra al mediodía”.1 Bajo el cuidado de Dios no hay lugar ni hora donde la oscuridad —ya sea física o mental— pueda esconderse o inducir la enfermedad.
La Biblia indica esto cuando dice: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él”.2 Ante la presencia de Dios, que es donde todas las personas —tú, yo, todos— vivimos, no existen las tinieblas de la enfermedad, la dolencia o el peligro. No es necesario aceptar la creencia de que ciertos países donde ha habido casos son, en cierto sentido, más peligrosos que otros, o que el medio ambiente de algunos es más puro que el de otros. La oración puede reconocer que Dios ama y nos dirige a todos, y que todos vivimos bajo la misma luz. Ésta es la realidad de nuestro ser y la de todos.
El mundo aduce que somos entidades materiales, abriéndose camino por la existencia humana, sujetos a lo que sea que el mundo nos presente —incluso gérmenes, microbios, enfermedades, contaminación. Pero como Mary Baker Eddy señala en Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras: “No hay vida, verdad, inteligencia ni sustancia en la materia. Todo es Mente infinita y su manifestación infinita, porque Dios es Todo-en-todo. El Espíritu es Verdad inmortal; la materia es error mortal. El Espíritu es lo real y eterno; la materia es lo irreal y temporal. El Espíritu es Dios, y el hombre es Su imagen y semejanza. Por lo tanto el hombre no es material; él es espiritual”.3
Apoyarse en esa verdad, “la declaración científica del ser”, cambia todo, y revela que cada persona es la idea de la Mente divina, y vive segura dentro de la luz divina de la Mente. Puesto que la Mente es infinita, no existe algo “afuera” de la Mente donde pueda entrar la enfermedad. Tampoco hay ningún lugar que esté fuera del reino de Dios, ya sea que se llame México, los Estados Unidos, China, o cualquier otra nación de la tierra.
Dado que la Mente inmortal no incluye ningún tipo de mal, se deduce que la enfermedad nunca ha tenido lugar alguno en la creación de Dios. Por lo tanto, no existen posibles fuentes de enfermedad, llamadas aves, cerdos, o lo que sea. Tampoco es necesario creer que hay ciertas estaciones del año en que se puede esperar alguna enfermedad, como por ejemplo, que los resfríos en invierno y las alergias en primavera y verano, son inevitables.
Además, comprender que la creación de Dios no incluye enfermedad alguna es importante porque ayuda a determinar lo que es real y lo que no lo es. Puesto que la creación de Dios “no incluye mal ni pestilencia”,4 no oramos para liberarnos de algo que Él ha hecho. (Eso sería imposible de hacer.) Tampoco se requiere de nuestra oración para resistir una entidad malvada que de alguna manera se metió furtivamente en la creación infinitamente buena de Dios. (Esto también es imposible, puesto que Él es el Amor omnipotente, contra el cual el mal no tiene poder alguno.)
Otra condición que se debe enfrentar con la oración es el temor a otros seres humanos que se teme están contaminados con la enfermedad y nos pueden contagiar. Aquí es donde la oración por el mundo —por todas las personas, incluso aquellos que están enfermos y los que están haciendo todo lo posible para impedir que se disemine la enfermedad— puede ser una bendición. En la oración afirmamos que cada hijo e hija de Dios está bajo Su cuidado y es guiado por el Amor divino. Podemos abrazar a todo el mundo en el amor de Dios, y reconocer que cada uno es muy preciado para Él. Ahora mismo el bien divino está siempre presente y puede traer a cada persona paz y salud.
Estos esfuerzos para elevar el pensamiento hacia la luz que es Dios —la luz en la que todos moramos— puede eliminar tanto el temor a la enfermedad como la enfermedad misma. Ante la luz de Dios, cada persona se encuentra por siempre sana y libre, bajo Su cuidado.
Publicado originalmente en The Christian Science Monitor del 28 de abril de 2009.
1 Salmo 91:6, traducción de la Contemporary Bible, English Version. 1 1 Juan 1:5. 3 Ciencia y Salud, pág. 468. 4 ibíd., pág. 210.





