La oración simple que transforma
Cuando enseñaba en la Escuela Dominical, le pregunté a mi clase de alumnos del primer grado escolar: “¿Qué harían si alguien les pidiera que oraran por él?” Una niña pequeña, que estaba de visita en la clase, respondió con seguridad: “Yo le diría que está a salvo en el bolsillo de Dios”. Estuve muy agradecido por su comentario.
Después de la iglesia, sonó mi teléfono. Era un hombre pidiendo tratamiento en la Ciencia Cristiana mediante la oración. Él no estaba familiarizado con la Ciencia Cristiana, pero había escuchado decir que sanaba, y él tenía en ese momento muchos dolores. Para mi sorpresa, las primeras palabras que salieron de mi boca fueron: “Usted está a salvo en el bolsillo de Dios”. El hombre comenzó a llorar y colgó sin darme su nombre. Una semana después, me volvió a llamar para informarme que había sanado del problema físico que tenía en el instante en que colgó el teléfono.
La obra del Cristo, del mensaje sanador de Dios a la humanidad —expresado en la dulce confianza de aquella niña en mi clase de la Escuela Dominical— no es de ninguna manera compleja y me ha enseñado una valiosa lección acerca de la naturaleza sencilla de la oración sanadora. Aprendí que es importante mantener mi oración simple. Dios conoce a Sus hijos. A Moisés le dijo: “Te he conocido por tu nombre”.1 Esto para mí significa que tenemos una relación muy estrecha con Dios. Por ser la Mente divina, o inteligencia infinita, Dios te conoce como Su idea espiritual. Y no sólo eso, sino que por ser el Amor divino te trata como Su hijo o hija valiosa, con la mayor compasión, respeto y cuidado. Él mantiene tu salud y bienestar. Este tierno tratamiento, este divino mensaje de amor que nos habla a cada uno de nosotros, es el Cristo.
El cuidado que Dios brinda a Sus hijos fue plenamente ejemplificado en el tratamiento que Jesús daba a las multitudes que venían a él en busca de curación. Todos sus pensamientos y acciones estaban infundidos de amor. Su capacidad para ceder completamente a la voluntad de Dios hizo que se ganara el título de Cristo Jesús, y aquellos que eran receptivos sintieron el poder del Cristo que lo animaba.
Al término de su ministerio, Jesús prometió que vendría una revelación final, un Consolador. Y el hecho es que la Ciencia del Cristo ha venido, y hoy en día está inspirando y sanando a la gente alrededor del mundo. Tú y yo podemos practicar todos los días y fácilmente la Ciencia Cristiana, descubierta por Mary Baker Eddy. Como bien probó mi joven estudiante de la Escuela Dominical, la misma no está reservada para aquellos que han alcanzado cierto nivel de erudición intelectual.
En una ocasión, la Sra. Eddy fue entrevistada por un periodista llamado Arthur Brisbane. Él no esperaba enterarse de los beneficios de la oración que se basa en una confianza firme en Dios. Pero durante el curso de la conversación, le mencionó a la Sra. Eddy que se sentía muy cansado. Ella simplemente le preguntó si quería un tratamiento en la Ciencia Cristiana. A lo que él respondió afirmativamente. Después, él explicó a unos amigos: “Lo único que puedo decir es que fue la experiencia más hermosa que he tenido… ese tratamiento me demostró la gran necesidad que tiene el mundo, de la Ciencia Cristiana”.2 Pienso que Brisbane debe haber sentido el poder del Cristo. Puede que no haya comprendido cómo lo sanó la Ciencia Cristiana, ni percibido el total significado de su mensaje, pero la sencilla aceptación produjo la curación.
En mi propia práctica de curación, he descubierto que el tratamiento más eficaz se produce cuando afirmo en mis oraciones la bondad natural de Dios. Así como un avión utiliza sus motores para carretear por la pista y poder elevarse, nosotros podemos emplear la oración para ayudar a mover el pensamiento, a fin de sentir realmente el espíritu elevador del Cristo sanador. Cuando me esfuerzo por valorar a los hijos de Dios como Él los valora, mis oraciones son simples pero eficaces. Tanto el razonamiento inspirado como el escuchar en silencio la dirección de Dios me ayudan a discernir lo que es verdad. Asimismo evitan que recite frases o citas que simplemente entretienen a la mente humana. He descubierto que un tratamiento de oración largo y verboso a menudo tiende a hacer que el problema sea una realidad, cuando debería verse como una imposición en el pensamiento. Esta barrera contra el progreso debe rechazarse rápidamente.
A menudo hay una resistencia contra la simplicidad del tratamiento en la Ciencia Cristiana. Los pensamientos, tal como “No soy lo suficientemente bueno”, “No sé lo suficiente” y “No es posible que lo que pienso pueda ayudar a alguien”, sólo quieren captar la atención del sanador espiritual. Pero me he dado cuenta de que esto es simplemente la mente humana expresando su hostilidad usual. La confusión y la renuencia a aceptar el mensaje del Cristo desaparecen cuando valoro el hecho espiritual de que las ideas de la Mente divina expresan naturalmente dominio sobre todo aquello que se oponga al bien. Tratar de corregir algo que Dios nunca creó (una enfermedad, una ruptura de relaciones en la familia), complica innecesariamente el tratamiento. Si trato de arreglar algo mediante la oración, en lugar de afirmar que la perfección espiritual es un hecho permanente aquí y ahora, acepto que la debilidad, la enfermedad y el pecado son reales, y los asocio incorrectamente con aquellas personas que estoy ayudando.
Cuando no tengo noticias de alguien a quien he tratado mediante la oración, no necesito sentirme confundido acerca de cuándo tengo que dejar de orar por él, ni preocuparme porque no hice lo suficiente. Me gusta pensar sobre esta situación de la siguiente manera: Yo sé muy bien cuándo termino de cortar el césped en mi casa. De manera similar, sé cuándo he terminado un tratamiento porque me mantengo sintonizado con las señales mentales de curación; los sentimientos de paz, de alegría y de convicción espiritual me informan que el Cristo ha realizado el trabajo de curación. Si después me siento inspirado a orar un poco más, así lo hago. Pero me he dado cuenta de que no necesito repasar todo el “jardín” otra vez, por así decirlo, como no volvería a cortar todo el césped, sino nada más un retoque aquí y allá. Mi comprensión de que Dios dirige mis pensamientos me inspira a orar por cualquier cosa que necesite tratar un poco más, mientras que al mismo tiempo exijo y afirmo con confianza que la curación completa es inevitable.
Puede que alguien pregunte: ¿Hay alguna diferencia entre el tratamiento de la Ciencia Cristiana y la oración? Sí. Todo tratamiento en la Ciencia Cristiana es oración. Mientras que no toda oración es un tratamiento. Cuando alguien se comunica conmigo para pedirme tratamiento, me está dando permiso para que mi oración específica espiritualice su pensamiento. Puesto que la enfermedad y la falta de armonía en la condición humana son manifestaciones del pensamiento, ayudo al paciente a percibir que las creencias materiales no pueden mantenerlo prisionero e impedirle que progrese.
No obstante, no sería sabio ni bondadoso de mi parte tratar a alguien sin su consentimiento. Eso no quiere decir que ya no me intereso en su bienestar. Nunca nadie debería sentirse abandonado. Si un amigo me pide informalmente que ore por él, sin darse cuenta de la diferencia que existe entre un tratamiento y la oración, de todos modos yo puedo orar. La oración, con menos carácter personal y más en sentido general, es el deseo de que los demás tengan la mejor experiencia posible. En estos casos, yo siempre puedo declarar el amor que Dios siente por todos Sus hijos, en todas partes.
Alguien puede que pregunte si es posible que la oración sea tan simple. ¿Es suficiente decir: “¡Dios mío, ayúdame!”, o tengo que saber o hacer algo más? Bueno, a veces un grito pidiendo ayuda es todo lo que se necesita para que comience a producirse la curación. El grito significa que nos hemos dado cuenta de que necesitamos a Dios. En su primera Bienaventuranza, Jesús dijo: “Dios hace felices a aquellos que saben que Lo necesitan. El reino de los cielos es para ellos”.3
Es cierto, ese grito puede parecer simple, pero puede tener grandes consecuencias. Aun si recurro a Dios rápidamente y con todo mi corazón, me voy a beneficiar con Su gracia. Y aunque mi concepto de Dios parezca “pequeño”, o no esté seguro de merecer Su cuidado, no obstante, yo recibo la luz infinita y el poder eterno del Cristo.
Estoy aprendiendo a no sentirme desalentado cuando la curación total no se produce después de que declaro la verdad por primera vez en mi tratamiento. No es momento para condenarse a sí mismo, sino de hacer que toda voluntad humana se rinda ante la divina. Es una oportunidad para descubrir más acerca de Dios, el Amor mismo, de ser más honesto, puro, afectuoso y paciente. Y luego sentirse tranquilo sabiendo que el Cristo está efectuando la curación.
En el tratamiento de la Ciencia Cristiana, el Cristo abraza tiernamente y con compasión, tanto al paciente como al practicista. La duda y el temor son eliminados. La oración —que comienza con el amor que Dios tiene por Sus ideas y acepta que este cuidado se extiende constantemente a aquellos que necesitan curación— será eficaz. La meta es mantener la oración tan simple y transparente que el Cristo se pueda sentir tangiblemente, y se produzca la curación.
—Keith Wommack
Publicado originalmente en el número del 2 de junio de 2008 del Christian Science Sentinel.
1 Éxodo 33:27. 2 Yvonne von Fettweis and Robert Warneck, Mary Baker Eddy: Christian Healer, p. 217. 3 Mateo 5:3, Worldwide English Versión.





