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Para Ser Practicista

Marzo/Abril 2012

Índice (PDF)
Portada: Foto – Digital Vision/Thinkstock. Ilustración digital: Viviane Stonoga/Duetto Comunicação. Modelos utilizados con fines ilustrativos solamente.

Si me dedicara por completo a la práctica de la Ciencia Cristiana, ¿tendría una vida normal (escuchar música, ir al cine, tener amigos, etc.)?

¡Tan normal como puede serlo con el poder y el amor de Dios que te anima y te motiva!

Lo maravilloso de la Ciencia Cristiana es que enriquece cada aspecto de nuestra experiencia humana al ayudarnos a tomar consciencia de nuestro ser inmortal como expresión de Dios. Si bien los practicistas listados en el Journal dedican todo su tiempo a estar disponibles para aquellos que necesitan ayuda mediante la oración, esto no les impide glorificar a Dios a través del baile, el canto, la pintura, cabalgando y practicando todas las demás actividades que ponen de manifiesto las riquezas de la Vida, Dios.

Los deportes, el cine, las computadoras y los libros son formas en que la riqueza de Dios también puede expresarse en nuestra vida. He descubierto que a medida que pongo las cosas espirituales primero —que comienzo cada día y cada situación con el deseo de expresar, ver y glorificar a Dios— las actividades que me ayudan a ayudar a otros y a enriquecer mi experiencia surgen sin esfuerzo, y pierdo interés en las actividades que podrían impedirme bendecir a otros.

En estas actividades, quizás haya estado simplemente pensando y haciendo una realidad de la mente humana en vez de ceder activamente a nuestra Mente divina única. Puesto que Dios nos está guiando siempre, cualquier cosa que nos sintamos inspirados a hacer con motivos puramente espirituales será lo correcto para la ocasión.

Por cierto que no trabajamos solos. Dios nos guía sabiamente a lo largo del camino, y eso incluye todo el bien que necesitaremos en nuestra vida. En el diario vivir, a menudo encontramos ese bien en los amigos que en nuestro camino nos ayudan a crecer espiritualmente. Mientras que a veces notamos que, poco a poco, somos separados de personas o influencias que pudieran ser destructivas o resultar en una distracción. La presencia de Dios siempre se manifestará en formas que puedan bendecir.

Pero ¿cómo podemos mantener un equilibrio entre el tiempo que dedicamos a la familia, a la sociedad y a la oración en lo que parece ser un mundo que avanza cada vez más rápido? He encontrado que la clave para equilibrar todo lo que debo hacer es comprender el lugar que ocupo como expresión del Principio divino. Cuando acepto que soy un simple mortal tratando de satisfacer a familiares, amigos y dar tratamientos espirituales apropiados, me siento frustrado y abrumado. Sin embargo, cuanto más reconozco que soy la idea inmortal del Principio, más descubro que cada momento es un momento sagrado: activo, ordenado, productivo, que bendice a todos.

Hace 26 años que me dedico totalmente a la práctica de la Ciencia Cristiana. Durante siete de esos años, también fui entrenador de una Liga de Béisbol de menores, ayudante de un Maestro Scout de un grupo de niños exploradores, maestro de la Escuela Dominical, y Maestro y Conferenciante de la Ciencia Cristiana. A través de Su naturaleza como Principio, Dios trajo el equilibrio, el tiempo adecuado, la inspiración, la fortaleza, el descanso y la habilidad para hacer todo lo que se requería de mí.

Nunca tenemos que renunciar a lo que amamos para ser practicistas de tiempo completo. Y lo que cada uno de nosotros verdaderamente ama en la vida es a Dios revelando Su bondad, belleza, poder, Sus tonos armoniosos, Su ternura y paz. En vez de perder aquello que nos importa, lo obtenemos aún más a medida que aprendemos y demostramos su esencia divina.

No obstante, hay veces que la práctica de la Ciencia Cristiana entraña hacer sacrificios. Al contemplar el ministerio de Jesús, vemos claramente que el sacrificio conduce a la salvación. Mary Baker Eddy describe la salvación de esta manera: “La Vida, la Verdad y el Amor comprendidos y demostrados como supremos sobre todo; el pecado, la enfermedad y la muerte destruidos” (Ciencia y Salud, pág. 593). Sin embargo, jamás se nos pide que sacrifiquemos a la familia o la actividad normal, sino más bien el sentido material de estas cosas, el sentido que las ve como apartadas de lo que Dios nos otorga. En cuanto a las posesiones materiales, es importante no ser dominado por ellas. Una vez más, la comprensión de que expresamos sin esfuerzo el equilibrio del Principio mantiene la perspectiva espiritual del sanador firmemente basada en el Espíritu.

A veces una llamada pidiendo ayuda llega cuando estamos con la familia o desarrollando un plan de actividades sociales. En esas ocasiones, es natural encontrar el tiempo en silencio necesario para orar. Entonces, el sacrificio es una alegría, y ni el practicista ni su familia debieran sentir jamás que son privados de algo. Las curaciones y la libertad que se experimentan como resultado de estas horas de abnegación, son maravillosas y eliminan toda sensación de habernos perdido de algo.

Si creemos que la familia, el trabajo y las obligaciones sociales nos impiden considerar y dar el paso para dedicarnos tiempo completo a la práctica pública, quizás necesitemos aprender que siempre hay tiempo para amar. Sólo el Amor sana. Por ser la expresión admirable del Amor, tú y yo estamos donde el Amor está revelando su ternura y gracia, y percibimos la manera en que lo hace. El Amor sabe que siempre tenemos tiempo para amar. El Amor anhela que cada uno de nosotros también lo sepa.

KEITH WOMMACK, CORPUS CHRISTI, TEXAS, EE.UU.

A veces mis amigos me piden de una manera informal que ore por ellos, y no siempre sé qué decirles. No estoy muy seguro de la diferencia que hay entre la oración y el tratamiento de la Ciencia Cristiana.

¡Es maravilloso que tus amigos sientan de tal manera tu amor e interés por ellos como para recurrir a ti y pedirte que ores! No es inusual que alguien le pida esto a un amigo cuando sabe bien que la oración forma parte de su vida diaria. Y los Científicos Cristianos están bellamente equipados para orar de esta manera.

La motivación para toda oración debe ser el amor; amor a Dios y amor al prójimo. El tipo de oración a la que te refieres expresa tiernamente el amor por un amigo o un miembro de la familia que piensa en ellos de la forma que Dios los conoce, pero que no se dirige a su pensamiento ni se entromete en sus creencias, cualesquiera que sean. Esta oración es la dulce percepción del amor de Dios por Su creación y un gentil reconocimiento del gran cuidado que Ella brinda a cada uno de Sus hijos. El Padre Nuestro es un buen ejemplo de este tipo de oración (véase Mateo 6:9–13 y Ciencia y Salud, págs. 16–17).

Este tipo de oración también forma parte de los servicios religiosos que las iglesias de la Ciencia Cristiana celebran cada semana en todo el mundo. Mary Baker Eddy incluyó un Estatuto en El Manual de La Iglesia Madre que dice: “Las oraciones en las iglesias de la Ciencia Cristiana deberán ser ofrecidas colectiva y exclusivamente en pro de las congregaciones” (véase pág. 42). Esta oración profunda y genérica, no es un tratamiento individual en la Ciencia Cristiana para cada congregante de la iglesia. Puede ser un poderoso reconocimiento de la presencia de Dios y de que Él gobierna estos servicios religiosos, y una oración por la protección, curación y gracia salvadora que deben emanar de ellos para todos los participantes. Esta oración, por cierto, bendice a todos los asistentes, y de esta manera beneficia a la comunidad.

El tratamiento en la Ciencia Cristiana es también una expresión de amor y compasivo cuidado, pero es muy específico en su ejecución. Se dirige directamente al pensamiento de quien lo recibe, y debido a esto, sólo debería darse cuando se requiere específicamente, o en una emergencia cuando no hay ninguna otra forma de ayuda disponible por la que la persona necesitada pudiera optar. En un ensayo titulado “Curación mental intrusa”, la Sra. Eddy aclaró muy bien este punto: “Esta pregunta habrá de presentarse: ¿Debiera darse tratamiento mental a una persona sin su conocimiento o consentimiento? La regla invariable para la práctica de la Ciencia Cristiana es la Regla de Oro: ‘Como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros’. ¿Quién de nosotros querría que fuera asaltada su casa o que se forzaran las cerraduras de sus puertas? mucho menos querríamos que se manipule nuestra mente” (Escritos Misceláneos 1883–1896, pág. 282). Una estupenda visión general del tratamiento en la Ciencia Cristiana se encuentra en las páginas 390 a 394 de Ciencia y Salud

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Vale la pena notar que el capítulo “La oración”, en Ciencia y Salud, es el primer capítulo del libro, mientras que el capítulo “La práctica de la Ciencia Cristiana”, que incluye instrucciones específicas acerca del tratamiento en la Ciencia Cristiana, se encuentra cientos de páginas más adelante. Para mí, esto indica un reconocimiento muy definido de la distinción que existe entre las dos formas de oración, y la necesidad de tener una comprensión más profunda para poder dar un tratamiento en la Ciencia Cristiana, en comparación con la oración más general.

En última instancia, tanto la oración genérica como el tratamiento específico en la Ciencia Cristiana sanan porque ambas afirman la verdad acerca de Dios y el hombre. La oración es el aposento del pensamiento donde en silencio estamos en comunión con Dios. El tratamiento en la Ciencia Cristiana se produce cuando alguien nos invita a compartir su aposento, a ayudarlos a superar el temor y las creencias malsanas, y a encontrar inspiración, discernimiento espiritual y curación.

BARBARA PETTIS, HAVERHILL, MASSACHUSETTS, EE.UU.

Sé que muchas personas se ganan la vida como practicistas de la Ciencia Cristiana. ¿Cómo lo logran? ¿Cómo es posible ganarse la vida con la práctica pública?

Es muy importante considerar esta pregunta cuidadosamente. La abundancia y la práctica pública de la Ciencia Cristiana van de la mano. Para el practicista cada día es un nuevo día en el cual explorar la magnífica e infinita bondad de Dios. La bondad infinita verdaderamente es eso: infinita. No hay tan solo un poquito de bien sobre la mesa que todos estamos tratando frenéticamente de conseguir. La afluencia de Dios, el bien divino, estimula la práctica y al practicista.

“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!” (Romanos 11:33). Dios tiene todo el bien que podamos desear, y por ser Su expresión, cada persona posee este bien por reflejo. Dios no reparte una pizca de bien aquí y allá. Somos uno con la bondad infinita de Dios, aquí y ahora.

Por lo tanto, ¿dónde se originó esta noción de que una persona debe hacer un voto de pobreza para servir como practicista de la Ciencia Cristiana? Ciertamente, no en la teología cristiana original. La pobreza y el servir a Dios no tenían nada en común en los tiempos de Jesús, y no tienen nada en común hoy.

No es la cantidad de dinero, sino un estándar de pensamiento lo que determina nuestro estándar de vida. La abundancia es algo que está mucho más allá del dinero o de las cosas materiales. Así como hay un solo Dios verdadero, hay un solo bien verdadero. Ese bien no está en la materia; es el Espíritu, Dios. Hay un antiguo dicho muy útil: Si quieres sentirte rico, simplemente cuenta todas las cosas que tienes y que el dinero no puede comprar. La alegría, la estabilidad, el amor, la fortaleza, la armonía, no pueden comprarse, porque son verdadera y totalmente espirituales. Son los atributos de Dios y nos pertenecen a cada uno de nosotros porque somos Sus hijos. Dar gracias por la bondad espiritual de Dios ya manifestada, transforma nuestra manera de pensar. Y a medida que cambia nuestra forma de pensar —que abraza más los hechos espirituales de la Vida— lo que experimentamos día a día, natural y fácilmente refleja esta elevación del pensamiento.

Entonces, para aquel que sirve al público como practicista de la Ciencia Cristiana, le es muy útil tener el hábito de sentir profunda gratitud por la bondad infinita de Dios, que es enteramente espiritual y está siempre presente. La provisión no es una cuenta bancaria, no son los pacientes, no surge de una fuente material. La provisión del bien siempre proviene de Dios, y solamente de Dios.

La gente agradece a los practicistas a través de su pago. Esto es sumamente apropiado. Cada pago es una nota de agradecimiento que simboliza la gratitud que siente el paciente por el tratamiento de la Ciencia Cristiana. No obstante, Dios es el único proveedor de una sobreabundante provisión de bien, tanto para el paciente como para el practicista. La evidencia de tal abundancia a menudo se manifiesta a los practicistas y a los pacientes en forma de ideas y puntos de vista espirituales e inspiradores. “Dios os da Sus ideas espirituales, y ellas, a su vez, os dan vuestra provisión diaria”, escribió Mary Baker Eddy. Ella continuó diciendo: “Nunca pidáis para el mañana; es suficiente que el Amor divino es una ayuda siempre presente; y si esperáis, jamás dudando, tendréis en todo momento todo lo que necesitéis. ¡Qué gloriosa herencia se nos da mediante la comprensión del Amor omnipresente! Más no podemos pedir; más no podemos desear; más no podemos tener. Esta dulce seguridad es el ‘Calla, enmudece’ para todo temor humano, para el sufrimiento de toda clase” (Escritos Misceláneos 1883–1896, pág. 307).

Sí, “Dios os da Sus ideas espirituales”. Os da. “¡Bendito el Señor!; cada día nos colma de beneficios”, dice la Biblia (Salmo 68:19). Por medio de la oración silenciosa, permitimos que Dios nos demuestre que Su inconmensurable bondad ya está con nosotros. Dado que la totalidad de Dios impregna todo lo que somos y hacemos, podemos esperar pacientemente y confiar por completo en Él para cada aspecto de nuestro bienestar mientras trabajamos activamente como practicistas.

Cuando Jesús con toda calma alimentó a una multitud con unos pocos panes y peces, tenía una perspectiva muy diferente en comparación con la gente que lo rodeaba. En realidad, él no creó nada ese día. Eso no era necesario. Usando el sentido espiritual, reconoció la provisión infinita de bien que ya estaba presente. Esto fue suficiente, no sólo para esos miles de personas, sino que hubo más que suficiente para los discípulos de Jesús, los que estaban sirviendo. Yo comprobé la certeza de todo esto cuando comencé mi práctica sanadora siendo un hombre joven y con hijos. Al darme cuenta de que nada podía interferir con mi compromiso de servir a Dios y a Sus hijos, también descubrí que nada podía interferir con el cuidado de Dios al satisfacer cada necesidad mía y de mi familia.

En la práctica pública de la Ciencia Cristiana, es bueno saber que el poder de la presencia de Dios, el espíritu del Cristo que tenemos dentro, amorosa y abundantemente revela en nosotros un propósito, actividad y logro divinos, y satisface cada una de sus necesidades.

MARK SWINNEY, ALBUQUERQUE, NUEVO MEXICO, EE.UU.

Muchas veces parece más fácil orar por otros que orar por uno mismo. ¿Cómo puedo tener la constancia de orar por mí mismo, y qué tan importante es hacerlo?

Orar por uno mismo puede compararse con un mecánico que mantiene su propio automóvil a punto para poder llegar a su trabajo y ayudar a otros todos los días; o con un maestro que se mantiene informado para poder instruir a otros. Orar por nosotros mismos nos permite orar eficazmente por los demás.

Mary Baker Eddy evidentemente consideraba que la oración por uno mismo era tan imperiosa que la hizo un requisito perentorio: “Una cosa he deseado fervientemente, y de nuevo lo suplico sinceramente, a saber, que los Científicos Cristianos aquí y por doquier, oren diariamente en su propio beneficio; no verbalmente, ni de rodillas, sino mental, humilde e importunadamente. Cuando un corazón hambriento le pide pan al divino Padre-Madre Dios, no le es dada una piedra —sino más gracia, obediencia y amor. Si este corazón, humilde y confiado, le pide fielmente al Amor divino que lo alimente con el pan celestial, con salud y santidad, estará capacitado para recibir la respuesta a su deseo; entonces afluirá a él ‘el torrente de Sus delicias’, el tributario del Amor divino, y resultarán grandes progresos en la Ciencia Cristiana— también esa alegría de encontrar nuestro beneficio al beneficiar a los demás” (Escritos Misceláneos 1883–1896, pág. 127).

Ella también incluyó un Estatuto acerca de dicha oración en el Manual de La Iglesia Madre, titulado “Alerta al deber”: “Será deber de todo miembro de esta Iglesia defenderse a diario de toda sugestión mental agresiva, y no dejarse inducir a olvido o negligencia en cuanto a su deber para con Dios, para con su Guía y para con la humanidad. Por sus obras será juzgado, —y justificado o condenado” (pág. 42).

Estar alerta es clave, ya que algunas veces pueden transcurrir algunos días sin que nos acordemos de orar específica y conscientemente por nosotros mismos. Pero tal oración constante puede ser como una ducha mental matutina que limpia y da vigor, preparándonos para el día. O puede ser tan breve como uno o dos minutos, más tarde en el día, y sirve como almuerzo que fortalece y satisface. Y puede ser un susurro de gratitud al finalizar el día que asienta nuestro descanso pacíficamente en los brazos de Dios. El sanador eficaz programa el tiempo necesario para orar con persistencia de forma tan rutinaria como cualquier otra parte del día.

No obstante, la oración en sí dista mucho de ser rutinaria. Es siempre un intervalo de comunión espontánea con el Amor divino, que nos renueva y en el cual nos sacamos de encima las cargas del día y aceptamos, con el pensamiento elevado, al Cristo sanador. Luego, a lo largo del día, nos mantenemos alerta para reconocer esos impostores mentales que quisieran hacernos víctimas y robarnos nuestra identidad espiritual. Al primer indicio de preocupación (alias temor) nuestra fortaleza de oración —el Amor divino que disipa el temor— ya está en su puesto para protegernos. Cada vez que somos tentados a estar enojados o a criticar a otros, estamos armados con la ley del Cristo de amarnos los unos a los otros, que ya hemos establecido en la oración.

Si tendemos a sentirnos desalentados, la oración espiritualmente basada nos dice con bondad: “No aceptes eso”, y encontramos el valor del dominio que Dios nos ha otorgado, ya presente en el pensamiento. Cuando el estrés, la fatiga o la depresión tratan de invadir nuestra paz, estamos alertas para rechazar tales invasores mentales extraños y dar la bienvenida a la confianza propia del Cristo que la fiel oración diaria provee.

Dicha oración requiere vigilancia constante, que mantengamos nuestro hogar mental limpio. No es egoísta ni centrada en uno mismo. De hecho, es la única actividad vivificante que a lo largo de nuestros tan ocupados días nos mantendrá callada —y alegremente— centrados en Dios.

MARIAN ENGLISH, COLORADO SPRINGS, COLORADO, EE.UU.

¿Cómo enfrento la sensación de que soy inadecuado para sanar los desafíos que se me presentan?

La sensación de sentirse inadecuado puede entrar furtivamente en el pensamiento cuando un practicista siente que debe hacer un gran trabajo de curación por medio de su habilidad personal. La Ciencia Cristiana es enfáticamente la Ciencia de sanar por medio de la Mente divina, no por medio de mentes humanas. Ciencia y Salud declara: “La mente humana no tiene poder para matar o sanar y no tiene dominio sobre el hombre de Dios. La Mente divina que creó al hombre, mantiene su propia imagen y semejanza” (pág. 151). Jesús expresó un poder admirable para sanar las enfermedades y resucitar a los muertos, pero enseñó que estas curaciones no eran el resultado de su propio poder personal. Él hacía lo que su Padre lo guiaba a hacer. Él dijo: “No puedo yo hacer nada por mí mismo” (Juan 5:30). Comprender la verdad del ser desde una perspectiva divina, no desde una perspectiva personal, puede traer curación en cada caso.

A veces el practicista puede sentirse intimidado por el concepto errado de que la enfermedad es lo que el punto de vista convencional asume que es. Mary Baker Eddy explicó: “Es charlatanería mental hacer de la enfermedad una realidad —considerarla como algo que se ve y se siente— y luego tratar de curarla por medio de la Mente” (Ciencia y Salud, pág. 395). Desde la perspectiva humana, una enfermedad o condición adversa parece ser una fase del mal que ataca a un individuo fuera del control de la Mente divina. Desde un punto de vista más elevado y centrado en Dios, todos estamos bajo el completo control de la Mente infinita, a salvo bajo el cuidado del Padre-Madre Dios. La enfermedad es una imagen del pensamiento humano que se manifiesta externamente; no tiene inteligencia ni poder intrínsecos. El mal, como no proviene de Dios, no tiene nada que lo sustente, mientras que la Verdad, Dios, sustenta ininterrumpidamente la naturaleza verdadera y perfecta del ser de cada expresión en Su creación.

Para no sentirse inadecuado, el practicista puede reconocer con humildad que la Mente divina es el único sanador, y puede acercarse a la Mente divina en sagrada comunión espiritual, para que Dios sea para él o para ella lo que Él ciertamente es: todopoderoso y siempre presente, siempre capaz de sanar. La capacidad de sanar es simplemente la capacidad de reconocer desde un punto de vista espiritual lo que es verdad acerca de su paciente, y no lo que no es verdad acerca de la condición que presentan los sentidos materiales.

Dos sinónimos de Dios que ayudan a profundizar la confianza y la seguridad en el poder sanador de la Ciencia Cristiana, son Mente y Amor. Al pensamiento del practicista tal vez se le presente la sugestión de que la Mente sabe justamente lo que el practicista y el paciente necesitan entender para sanar el problema, pero que por alguna razón la Mente no se los está diciendo. El practicista puede saber que puesto que Dios es también el Amor divino, Dios no negaría ningún bien a Sus amados hijos. Asimismo, puede que le venga la sugestión mental de que el Amor divino desea profundamente consolar pero no sabe hacerlo de una manera que traiga comprensión y curación. Ya que Dios es también la Mente divina, la fuente de toda inteligencia, la Mente siempre sabe exactamente lo que se necesita. A medida que el practicista reconoce que el Todopoderoso es la Mente que es el Amor y el Amor que es la Mente, él o ella puede tener la certeza de que tanto el paciente como el practicista son los depositarios de la bondad y del amor todopoderosos, y pueden percibirlo y ser testigos de ello en la curación.

La función del practicista es escuchar atentamente a la Mente y ser fiel testigo de lo que el Amor ha hecho, está haciendo y hará por su paciente, el hijo perfecto de Dios. La Mente divina expresa por medio de un humilde y confiado practicista la sabiduría y el amor que sanan.

BRIAN TALCOTT, BERKELEY, CALIFORNIA, EE.UU.

¿Debo atender todos los casos que me llegan?

¡Sí y no! En realidad, no hay una lista de control que uno pueda consultar para determinar si debe aceptar cierto caso o no. Sin embargo, hay una guía muy útil en el Manual de La Iglesia Madre que dice: “La aceptación de pacientes se deja a juicio del practicista, y no debe consultarse a la Sra. Eddy sobre el asunto” (pág. 87). Este Estatuto se relaciona con la práctica e indica claramente que la relación entre el practicista y el paciente es asunto de Dios, o como lo definió Cristo Jesús: “los negocios de mi Padre”.

Es obvio que Mary Baker Eddy no consideraba de su incumbencia juzgar ningún caso determinado. Ella apeló a la sabiduría del practicista para decidir. ¿Cómo adquiere uno esa sabiduría? ¡Con oración y experiencia! Cuando recién comenzaba a aceptar casos, a menudo me recordaba a mí misma las palabras de Jesús: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44). La oración que el practicista hace por sí mismo —aun antes de que lleguen las llamadas pidiendo ayuda— establece en el pensamiento que la actividad sanadora es acerca de Dios y Su relación con el hombre, y eso incluye, basado en lo que dijo Jesús, la idea de que sólo aquellos que genuinamente buscan a Dios vendrán para ser sanados. El discernimiento espiritual del practicista puede percibir si el que llama es sincero al pedir un tratamiento en la Ciencia Cristiana. Si uno sintiera que no debe aceptar un caso, esa intuición debe ser respetada. Este asunto es enteramente diferente a sentirse inadecuado para aceptar un caso, lo que ha sido expuesto en la página anterior. La sabiduría es la clave, como señala el Manual de La Iglesia Madre. Cultivar la capacidad de oír la voz de Dios —confiando en Su voluntad y sabiduría, y no en la propia; escuchando y siguiendo Su guía— es fundamental en la práctica de la Ciencia Cristiana. Es esta guía la que mantiene tanto al practicista como al paciente a salvo bajo el cuidado de Dios, y no a merced de la especulación humana.

Un aspecto del cual hay que estar muy consciente es, por ejemplo, la disponibilidad. Cuando se trata de un niño que requiere tratamiento en la Ciencia Cristiana, una visita a domicilio puede ser aconsejable, por lo tanto, si yo estuviera en un lugar muy alejado, recomendaría que se llamara a un practicista de la localidad. Si el caso es muy agudo y necesita más atención y comunicación de lo acostumbrado, y yo no estoy inmediatamente disponible o no me pueden ubicar en seguida (cualquiera sea la razón), me abstendría de aceptar el caso y recomendaría que se pusiera en contacto con otro practicista.

Otros asuntos que podrían considerarse: ¿La persona desea sanar o está buscando a alguien con quien charlar? ¿Ya hay otro practicista tratando el caso? ¿Está el paciente recibiendo atención médica? Y cosas por el estilo. En otras palabras, ¿cuál es el verdadero motivo detrás de la llamada? ¿Quiere decir esto que debemos sospechar de cada llamada? ¡De ninguna manera! ¡No respondemos la llamada con recelo en el pensamiento! El practicista sabe en todo momento que “en la Ciencia, sólo el Amor divino gobierna al hombre” (Manual, pág. 40), y esto es cierto tanto para el practicista como para el paciente. El sanador en la Ciencia Cristiana es un buscador de la Verdad, y es en esta búsqueda que uno aprende lo que Jesús quiso decir cuando afirmó: “Sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas” (Mateo 10:16 ). La práctica no consiste en explorar alrededor para detectar el error, sino en buscar siempre la verdad en cada caso, y confiar en que Dios la revelará.

Cuando uno siente la necesidad de rechazar un caso, no debería sentirse culpable. Si uno considera que no puede aceptarlo, esto no quiere decir que quien llama es rechazado o abandonado; más bien que el practicista tiene la obligación de saber que mediante la oración esa persona será guiada al lugar correcto para responder a sus necesidades específicas. Y por supuesto que esta guía sólo puede provenir de Dios: es de Su incumbencia, y Él brindará la mejor respuesta posible.

Supongamos que un practicista acepta un caso pese a que su buen juicio le indica lo contrario. Aun así, el Amor divino guía, y puede resultar en una valiosa experiencia de aprendizaje que lo ayudará a tomar futuras decisiones. Ningún trabajo en pro de la Verdad es inútil, sino siempre edificante, siempre eleva y trae consuelo y curación, porque, como declara Ciencia y Salud: “La Verdad es siempre victoriosa” (Pág. 380).

OLGA CHAFFEE, SAN DIEGO, CALIFORNIA, EE.UU.

¿Qué ocurre si alguien por quien estoy orando decide pedir un diagnóstico médico?

Esta pregunta surge de tanto en tanto, porque mucha gente que pide un tratamiento en la Ciencia Cristiana quizás no se da cuenta de la enorme diferencia que hay entre el tratamiento por medio de la oración en la Ciencia Cristiana y cualquier otra forma de tratamiento, incluyendo el tratamiento médico. Cuando un paciente que está bajo la atención de un practicista expresa el deseo de pedir un diagnóstico médico, muy a menudo lo hace para buscar cuál es la causa del problema, por lo general, yo le explico que un diagnóstico médico no apoya la confianza en la oración para la curación. Debe ponerse énfasis en que el paciente siempre tiene la libertad de hacer lo que crea que es mejor para sí mismo, incluso la libertad de buscar asistencia médica. Sin embargo, cuando se aplica la Ciencia Cristiana a un caso se hace énfasis en la mentalidad del paciente, no en el físico. Cuando esto se comprende, el paciente con frecuencia se da cuenta de que no hay necesidad de pedir un diagnóstico médico.

Sería de mucha utilidad explicar al paciente que típicamente la mente humana percibe las cosas a través de los sentidos materiales. El problema con estos sentidos es que, cuando se trata de una dolencia en particular, primero nos hacen ver los efectos físicos y luego tratan de hacernos determinar la causa. De manera similar, el modelo médico comienza con lo que los sentidos materiales informan e intenta diagnosticar la causa física para tratar una enfermedad con medicamentos o cirugía. En pocas palabras, el modelo médico comienza observando un efecto, y luego trata de descubrir su causa para poder prescribir una cura.

Por otro lado, el modelo de tratamiento de la Ciencia Cristiana desautoriza lo que los sentidos materiales informan, y utiliza el sentido espiritual, el cual, como declara la Biblia, nos es revelado por Dios: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos la reveló a nosotros por el Espíritu,…” (1 Corintios 2:9).

Ejerciendo este sentido otorgado por Dios, que cada persona posee por ser Su linaje, el modelo espiritual comienza partiendo exactamente del punto opuesto al modelo médico, con la causa divina de todas las cosas en lugar de con los efectos físicos, con la afirmación de que Dios es la única Causa de todo lo que realmente existe, y que todo lo que Él hace es bueno. Ciencia y Salud enseña: “Razonando de causa a efecto en la Ciencia de la Mente, comenzamos con la Mente, que ha de comprenderse mediante la idea que la expresa y no puede aprenderse de su opuesto, la materia” (pág. 467). Este razonamiento le permite tanto al paciente como al practicista discernir la falsedad de la evidencia material discordante. Como enseña la Biblia: “¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?” (Santiago 3:11)

Quizás una de las declaraciones que más revelan la sima que existe entre el modelo médico y el modelo de tratamiento de la Ciencia Cristiana es la norma científicamente cristiana con la que Jesús oró: “La naturaleza divina se expresó de la mejor manera en Cristo Jesús, quien reflejó más exactamente a Dios a los mortales y elevó sus vidas a un nivel más alto que el que les concedían sus pobres modelos de pensamiento —pensamientos que presentaban al hombre como caído, enfermo, pecador y mortal. La comprensión, semejante a la de Cristo, del ser científico y de la curación divina, incluye un Principio perfecto y una idea perfecta —Dios perfecto y hombre perfecto— como base del pensamiento y de la demostración” (Ciencia y Salud, pág. 259).

A medida que el paciente reconozca esta diferencia fundamental entre los dos modelos, percibirá cada vez más claramente que el tratamiento en la Ciencia Cristiana no es una herramienta para arreglar un problema real en un cuerpo físico. Más bien, es un medio por el cual el pensamiento es elevado a una perspectiva espiritual más alta de lo que es Dios, de lo que Dios está haciendo, y de lo que siempre ha sido verdad acerca del hombre: la expresión misma del ser de Dios, mantenido por siempre en el estado de perfección en el cual Dios lo creó. Es el reconocimiento de esta verdad maravillosa lo que actúa sobre las creencias de dolencia y enfermedad, y las elimina por completo de la experiencia del paciente, sin tener necesidad de pedir un diagnóstico médico para descubrir algo que en realidad nunca fue.

KARL (SANDY) SANDBERG, NORWELL, MASSACHUSETTS, EE.UU.

¿Cómo pongo al descubierto con precisión el error que debe enfrentarse en el pensamiento de un paciente sin tratar de diagnosticar psicológicamente al paciente?

En el tratamiento de la Ciencia Cristiana el practicista no está tratando de descubrir humanamente lo que está mal en la mente del paciente. En otras palabras, el tratamiento no es una mente humana tratando de descubrir lo que está mal en otra mente humana. En lugar de eso, el practicista se vuelve a Dios, la Mente divina única, para que revele qué conceptos falsos es necesario atender en el pensamiento de un paciente. Para poner al descubierto con exactitud cualquier pensamiento erróneo que esté manteniendo al paciente esclavo del pecado, la enfermedad o cualquier tipo de discordia, yo me aparto de toda sensación de que pueda tener una mente propia, y reconozco a la única Mente. Dejo que la luz divina de la Verdad y el Amor, Dios, llene mi consciencia. Esta luz pura y espiritual revela lo que es verdadero acerca del paciente, y también me revela a mí o al paciente cualquier error que se mantenga en el pensamiento y que deba ser destruido.

Entonces, en vez de hacer una realidad del error, por medio del tratamiento de la Ciencia Cristiana, conecto al paciente con su bondad, inocencia e integridad innatas como expresión del ser de Dios: con su semejanza al Cristo. Y niego que el error pueda ser parte alguna de su identidad o historia.

En última instancia, tu intención como practicista es siempre poner al descubierto la nada y la impotencia de todas las creencias pecaminosas y enfermizas, porque de esa manera las mismas son destruidas en el pensamiento del paciente. Como consecuencia, el pensamiento naturalmente correcto del paciente acerca de sí mismo, es restaurado.

Mary Baker Eddy usó el término “Ciencia de la sicología”, haciendo referencia al requerimiento de poner al descubierto el error por medio de este método totalmente espiritual (Escritos Misceláneos 1883-1896, pág.3). Lo que puede estar escondiéndose en el pensamiento es una falta de confianza en el poder sanador de Dios, o la sensación de estar separado del amor de Dios.

Te daré un ejemplo de cómo funciona esta Ciencia de la sicología. En una ocasión, una señora me llamó pidiéndome que le diera un tratamiento en la Ciencia Cristiana porque sentía un dolor muy agudo, depresión y falta de sueño. Al orar percibí que había algo en la raíz de estos problemas que debía ponerse al descubierto y que Dios podía revelarnos qué era lo que necesitábamos saber para que se produjera la curación. En la siguiente llamada, ella me contó que tomaba cerveza para alejar su soledad y que no se sentía digna. Hablamos acerca de su verdadera valía como hija amada de Dios. Poco tiempo después, ella dejó de tomar cerveza, y otras adicciones también desaparecieron. Comenzó a sentirse agradecida aun por las pequeñas cosas y comenzó a disfrutar de la vida nuevamente. Sanó completamente de todos sus males. Ya no se identificaba a sí misma como un mortal enfermo y pecador, sino como una expresión íntegra y satisfecha de la Mente, el Amor divino.

No hay gozo más grande que alejarse cada vez más de un sentido mortal de nuestra propia identidad o de la de otro —ese sentido humano de la vida que acepta una historia llena de traumas y errores— para descubrir tu verdadero ser espiritual y el de los demás como la expresión siempre inocente y pura de Dios.

Tu amor cada vez más profundo por Dios y el hombre (término genérico para todos los hijos de Dios) —y tu comprensión cada vez más grande de la naturaleza totalmente perfecta de Dios y el hombre— te mantendrá bien en el camino genuino de la curación en la Ciencia Cristiana.

GISELA MANGER, MUNICH, ALEMANIA

¿Podría darme algunas pautas respecto a las comunicaciones con el paciente mediante el teléfono y el correo electrónico?

Las personas que se comunican con los practicistas de la Ciencia Cristiana tienen una amplia gama de necesidades, provienen de diversos orígenes y representan todos los niveles de comprensión y de desarrollo espiritual. Saber qué decir a un paciente, cuánto decirle y cómo decírselo, es una habilidad que se desarrolla con la práctica, sin importar cuánto tiempo haya sido uno practicista. Yo recurro a las primeras líneas de un poema por A. E. Hamilton, que Mary Baker Eddy cita en su libro Retrospección e Introspección: “Pide de Dios destreza en el arte de consolar” (pág. 95).

La relación entre el practicista y el paciente es muy sagrada porque su propósito es producir la curación por medio de una oración que permite percibir la sagrada relación que tiene el paciente con Dios por ser Su hijo amado. De modo que la comunicación entre el practicista y el paciente debe encararse con amor y ser nutrida con la oración. Cualquiera sea la comunicación que se establezca entre ellos, lo que se necesita escuchar es la Palabra viviente de Dios, el Amor divino, porque el Amor es el sanador.

Todo lo que se transmita debe ser leal al espíritu y a la letra de la Ciencia Cristiana. Dentro de esta estructura básica, hay pautas prácticas a considerar. Tanto el practicista como el paciente deberían mantener su trabajo en conjunto privado y confidencial. A este respecto, por ejemplo, el teléfono de un practicista debe estar asignado para su uso exclusivamente. Y ambas partes deben estar alertas al hecho de que el correo electrónico tiene problemas de privacidad: los correos electrónicos pueden reenviarse e imprimirse, y, por ende, otras personas los pueden ver. Por cierto que el correo electrónico y especialmente los teléfonos celulares dan más libertad de movimiento a los practicistas y les permiten estar, como nunca antes, más fácil y rápidamente accesibles a sus pacientes. Sin embargo, debido a esto, los practicistas necesitan estar aún más vigilantes para monitorear la frecuencia, la naturaleza y la duración de las comunicaciones entre el practicista y el paciente para asegurarse de que se está buscando la guía espiritual y la dependencia en Dios, y no en una persona. No deben pedirse ni deben darse consejos sobre situaciones. El practicista debería saber y comunicar al paciente, que éste ya tiene la capacidad otorgada por Dios para tomar sus propias y sabias decisiones. Además, todas sus comunicaciones deben tener el propósito de bendecir a toda la familia humana; esto incluye no permitir nunca que su conversación sea un medio para el chisme, la crítica o la censura de otras personas, sino solamente para la curación.

Un examen de las Escrituras acerca de las notables curaciones que realizó Cristo Jesús, revela que muy pocas palabras se intercambiaban entre Jesús y aquellos que venían a él en busca de curación. Lo mismo sucedió con muchas de las curaciones efectuadas a través de la oración por Mary Baker Eddy. En su obra principal sobre la curación cristiana, Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras, ella señaló la importancia de escuchar como la pauta principal de comunicación que tiene el practicista. Ella dijo: “La Verdad infinita de la curación por el Cristo ha venido a esta época por medio de una voz callada y suave’,* por medio de silencioso lenguaje y de unción divina, que vivifican y aumentan los efectos beneficiosos del cristianismo. Anhelo ver el cumplimiento de mi esperanza, a saber, los progresos superiores del estudiante en este sendero de luz” (pág. 367) (*según la Versión Moderna de la Biblia).

Por cierto, cualesquiera sean las palabras que se cruzan entre el paciente y el practicista (ya sea personalmente, por teléfono, correo electrónico o cualquier otro medio), los resultados más eficaces se producen cuando la Palabra de Dios está en el asiento delantero, y detrás del volante del pensamiento y de las palabras del practicista, como esta cita indica: “¡Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Oh Jehová, roca mía, y redentor mío!” (Salmos 19:14)

El deber primario del practicista es orar de acuerdo con lo que la Biblia y Ciencia y Salud enseñan acerca de la realidad y totalidad de Dios, el Espíritu, y de la irrealidad de todo aquello desemejante a Dios. Jesús aconsejó: “Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mateo 5:37). Es vital decir mentalmente “Sí” sólo a la perfección de Dios y Su creación espiritual (estar de acuerdo con ellas), y decir “No” a cada sugestión de imperfección (estar en desacuerdo con ella). Orar de esta manera aumenta la capacidad del practicista de discernir la necesidad del paciente, de escuchar ideas sanadoras sorprendentemente renovadoras y poderosas, y de responder con compasión y curación.

BARBARA VINING, PERRYSBURG, OHIO, EE.UU.

¿Cómo puedo comenzar la práctica; anunciar; hacer saber a la gente que estoy disponible; ofrecer servicios, etc.?

Nuestro mejor anuncio es el amor por los demás, y deberíamos “usarlo” como si fuera un cartel, para que todos lo vean. Aquí estamos hablando simplemente de permitir que nuestra luz brille. En el principio de su Sermón del Monte, Jesús mandó: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). Justo ahí, con total simplicidad, tenemos todo el cuadro: la luz que dejamos brillar es el Cristo —el amor de Dios por el hombre— expresado en nuestro ser y en nuestras acciones.

Por lo que no debemos dudar, ser tímidos, sentirnos inhibidos o tener vergüenza. Por el contrario, el trabajo de un practicista de la Ciencia Cristiana es la actividad más apasionante del mundo. No tiene nada que ver con “nuestra” gloria; sino que tiene todo que ver con la gloria de nuestro Padre que está en los cielos. Mary Baker Eddy describe al Cristo como: “la verdadera idea que proclama al bien, el divino mensaje de Dios a los hombres que habla a la consciencia humana” (Ciencia y Salud, pág. 332). Ese es el Cristo que dejamos brillar.

¿Cómo hacemos esto? Amamos, oramos y con valentía nos anunciamos.

Amar: Lo más importante al iniciarse en la práctica es darse cuenta de que ya eres un verdadero practicista de la Ciencia Cristiana. Eso significa ser un verdadero cristiano. Eso significa amar a los demás.

Uno comienza la práctica practicando ser un cristiano en el sentido de aprender a “vendar a los quebrantados de corazón”, como dice Ciencia y Salud casi al comienzo del capítulo “La práctica de la Ciencia Cristiana”. Cuando naturalmente ponemos en práctica “la palabra tierna y el aliento cristiano que se da al enfermo, la compasiva paciencia con sus temores y la eliminación de los mismos…” estamos practicando el cristianismo (págs. 366, 367).

Sí, comprender la lógica de la Ciencia del Cristo es crucial, pero, la verdad es que el cristianismo al que se hace referencia más arriba es igualmente esencial. Los dos deben ir juntos, y cuando lo hacen, iniciarse en la práctica se produce naturalmente.

Orar: Para mí, aquí la necesidad es reconocer el poder penetrante de la luz del Cristo, así como la incapacidad que tiene el prejuicio o la indiferencia, para oscurecer o desviar esta luz. La luz destruye la oscuridad; no al revés.

Anunciar: Un diccionario lo define como “anunciar o llamar la atención hacia un producto o servicio”. Eso es exactamente lo que nosotros, como practicistas, estamos haciendo. Y podemos hacerlo de una infinita variedad de formas. La Sra. Eddy, en su época, usó algunos de los medios más respetados de esos tiempos: entre ellos, publicar los testimonios de aquellos a quienes había sanado.

En el mundo actual, los medios para hacer que nuestra luz de practicista de la Ciencia Cristiana brille son literalmente infinitos. Van desde anunciarlo a voces como antaño, o en las páginas amarillas, al moderno Internet, hasta instalar un kiosco propio en un estacionamiento del centro de la ciudad (al mejor estilo de “Lucy”, personaje de la tira cómica Snoopy).

No hay que preocuparse por el medio a usar. La clave se encuentra en nuestra confianza en la presencia y acción del Cristo. Después de todo, ¿no es acaso ésta la luz que estamos dejando “que alumbre delante de los hombres, para que vean [nuestras] buenas obras y glorifiquen a [nuestro] Padre que está en los cielos”? No tenemos que encender la luz: Está encendida todo el tiempo. Pero tenemos que tomar consciencia de que es esta luz la que está brillando (no nuestro propio ego).

De hecho, la visibilidad de esta luz del Cristo se hace cada vez mayor para los demás en la proporción en que la luz de un ego separado (o la creencia de que tenemos un ego aparte) disminuye.

En mi propia experiencia, después de años de enseñar, me di cuenta de que pasaba más tiempo en una oficina de la universidad hablando acerca del Cristo, que del tema por el cual me estaban pagando por enseñar. Y me encantaba hacerlo. Así que, a pesar de los planes que tan bien había delineado para mi carrera de profesor, decidí arriesgarme a hacer un experimento y pasar los sábados orando en una oficina de practicistas que estaba disponible en el centro de la ciudad. El edificio, así como la mayor parte de ese sector del centro, estaba vacío los sábados. Eso estaba bien, yo quería probar esta teoría acerca de la luz del Cristo.

Los seis primeros sábados mi práctica consistió en tratar mediante la oración los problemas descritos en el diario que leía mientras iba en el ómnibus a la oficina. El séptimo sábado vino un hombre a la puerta de mi oficina, explicando que no sabía nada acerca de la Ciencia Cristiana, ni siquiera qué lo había guiado hasta ese lugar, pero que tenía un problema. Pude sanarlo por medio de la Ciencia Cristiana, y me di cuenta de que esta prueba de la luz del Cristo había dado resultados positivos.

Para cada practicista que se inicia será diferente. Pero nuestra consciencia individual acerca de nosotros mismos como un brillante reflector de esa luz, de ese amor, que ya está brillando, nos permite elegir aquellos medios de reflejar que son mejores para nosotros en ese momento.

JOHN TYLER, PITTSBURGH, PENSILVANIA, EE.UU.

Amo la Ciencia Cristiana y amo la idea de orar por otras personas. Pero me detiene el hecho de que tal vez no sepa cuáles son las palabras correctas que debo decirle a los pacientes. ¿Qué tan importantes son las palabras que le digo a alguien?

Si bien el tierno amor del practicista por el paciente puede demostrarse por medio de una expresión verbal de ideas alentadoras, en realidad, no son las palabras en sí las que sanan. Son los mensajes a semejanza del Cristo que Dios otorga al practicista y al paciente los que verdaderamente traen alivio. El Cristo es el trampolín para el pensamiento transformador, que de esta manera sana. A veces me ha resultado útil pensar en el Cristo como la voz de Dios. “El Cristo es la verdadera idea que proclama al bien, el divino mensaje de Dios a los hombres que habla a la consciencia humana”, explicó Mary Baker Eddy en Ciencia y Salud, (pág. 332).

Es el “divino mensaje” que da a la práctica pública de la Ciencia Cristiana su sustancia y fundamento. Nunca he tratado de convencer a alguien para que sane. En cada caso, he encontrado que la oración eficaz no se produce hasta que me mantengo callado y escucho a Dios hablar y guiarme hacia lo que debo pensar acerca del paciente.

Cuando comencé la práctica pública —creo que aún no me había anunciado en el Journal— un día, una persona muy agradable me pidió que orara por ella. Mientras ella describía su enfermedad con todo detalle, me sentí silenciosamente inspirado por algo que Dios me dijo en mi corazón respecto a ella. Cuando terminó, le expliqué lo que había oído. “Bueno, está bien”, respondió ella, sin mucha esperanza en su voz.

Al día siguiente, me pidió ayuda una vez más, diciendo que no se sentía mejor. Le expliqué aún con más cuidado el mismo punto metafísico que yo sabía que era clave para resolver este caso. Al otro día, me dijo que estaba peor. Esta vez, anticipándome a su llamado, había preparado exactamente lo que le iba a decir. Expuse, utilizando coloridos ejemplos e ilustraciones vívidas, la idea inspiradora que podía ayudarla. Al día siguiente me informó que ya no quería trabajar conmigo.

Sin embargo, semanas después, me crucé con ella, ¡y estaba exuberante! Exclamó: “He sanado por completo”, y a continuación describió la asombrosa revelación que había tenido, una idea que le había venido, que resultó ser exactamente el punto que yo había estado tratando de hacerle entender todo el tiempo. Por cierto que no respondí: “Se lo dije”. Simplemente me regocijé con ella. Ella no me había escuchado cuando con todo cuidado le expliqué ese concepto —de hecho, parecía estar totalmente ajena a ello— sin embargo, la idea semejante al Cristo que necesitaba se había filtrado y eliminado sus temores.

Con humildad, me di cuenta de que había sido mi oración, no unas palabras llenas de vitalidad, lo que ella en realidad estaba buscando. Al principio, la esencia espiritual de lo que había compartido con ella se había perdido un tanto en las palabras. Sentir profundamente el poder de Dios implícito en una idea inspirada es el aspecto más importante de la oración. Ciencia y Salud declara: “Los efectos de la Ciencia Cristiana se ven menos de lo que se sienten. Es la ‘voz callada y suave’ de la Verdad expresándose. O bien nos estamos alejando de esa expresión, o la estamos escuchando y elevándonos” (pág. 323).

Supongamos que estás en un cuarto frío con otras personas. Tú podrías, si quisieras, acercarte al hogar y encender un fuego. Tú entrarías en calor, así como también los demás que están en el cuarto. La oración funciona de la misma manera. Cuando la inspiración semejante al Cristo te hace entrar en calor, todos en tu mundo también lo sienten.

Sin embargo, si te limitaras a dar vueltas en el cuarto y simplemente les dijeras a las personas: “El fuego da calor. Como ustedes saben, el fuego da calor”, nadie sentiría calor, ¡por más que golpearas con el pie en el suelo y gritaras fuertemente a todos que el fuego da calor! Sólo un fuego genuino podría calentar las cosas.

Cuando oramos, el calor de la curación viene a través de la inspiración del Cristo. La inspiración es la respuesta de la sabiduría a nuestra solicitud: “La colina, di Pastor, cómo he de subir” (himno N° 304 del Himnario de la Ciencia Cristiana). Sentimos amor en nuestros corazones con cada concepto específico e inspirado con que Dios nos bendice. Se nos imparte una nueva visión acerca de nuestro ser espiritual, verdadero y perfecto, y el de los demás, cuando somos calladamente receptivos y escuchamos la respuesta de Dios a nuestro pedido de ayuda.

He descubierto que escuchar, pero no actuar como Dios me lo indica, no es oración, ni siquiera vagamente. Es escuchar y seguir la inspiración divina lo que hace a un cristiano. Nunca he podido superar los temores, y las ilusiones de mortalidad que lo acompañan, que se ven como enfermedad, limitación, pecado y muerte, sin asegurarme de actuar en base a lo que he oído decir a Dios. Puede que repitamos verbalmente la verdad a diestra y siniestra. Sin embargo, no estamos verdaderamente orando hasta que la inspiración semejante a la del Cristo gana un lugar en nuestro pensamiento y le permitimos que transforme de manera permanente nuestros puntos de vista y acciones.

Sí, ciertamente es bueno dar ánimo e infundir optimismo al prójimo (hombres y mujeres), pero hablar nada más no librará a una persona de la enfermedad, así como las palabras expresadas humanamente no podrían derretir un glaciar. La Ciencia Cristiana no es curación por medio de la palabra; sólo el poder y las comunicaciones de Dios sanan. Entender esto me ha sido de gran ayuda para evitar caer en la tentación de querer sustituir con meras palabras de triunfo, algo tan maravilloso como lo que se puede escuchar en la voz de Dios. “Bramaron las naciones, titubearon los reinos; Dio él su voz y se derritió la tierra” (Salmos 46:6).

MARK SWINNEY, ALBUQUERQUE, NUEVO MEXICO, EE.UU.

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